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First Dates

El rebuscado eufemismo de un comensal para llamar feo a su pareja

Íñigo quedó prendado de Miguel pero a este no le atraía nada su pareja y quiso decírselo sin ser demasiado directo

CUATRO
Actualizado
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En First Dates, el programa diario de citas que emite Cuatro, no conocen el descanso, y de lunes a viernes llenan todas las mesas del «restaurante del amor» regentado por Carlos Sobera. La historia del amor es tan larga, o más, que la de la humanidad, así que cabe pensar que «First Dates» va a tener material suficiente para seguir emitiendo varios miles de años más, tirando por lo bajo.

Los comensales encargados de romper el hielo fueron una pareja de homosexuales: Íñigo, un camarero vasco de 31 años recientemente llegado a Madrid y Miguel, almeriense de 39 años también viviendo en la capital. El primero llegaba a First Dates tras un largo y penoso vagabundeo emocional, desorientado en Madrid porque «aquí la gente no quiere relaciones serias, nadie quiere conocerse más allá de algo superficial». Parecía que con Miguel todo fue distinto, pues el vasco pareció quedar prendado de él al instante a juzgar por los piropos que le echó, especialmente a sus ojos: «Los tiene de un verde perla, así con brillantes, como piedritas...». Aunque la cena fue agradable y los chicos se cayeron bien, al final, aunque Íñigo quiso tener una segunda cita, Miguel lo rechazó aludiendo a un rebuscado eufemismo: «No tendría una segunda cita por el tema del físico». Íñigo, en ese momento, puso una cara extraña, compungida, pues no esperaba de su pareja ese rechazo, cuando durante la cena el propio Miguel se había lamentado de la superficialidad de las relaciones modernas.

El segundo en llegar fue uno de sus típicos personajes que solamente pueden verse en el restaurante de First Dates: pelo rubio platino, poblada barba negra, piercing en la nariz, tatuajes en los brazos...No era un hippie ni nada parecido, sino todo un trader de bolsa, llamado Javier y de 38 años: «Soy una persona arrogante, con ego, chulo, creo que soy más que los demás». Con esa carta de presentación cualquiera se hubiera sentado a cenar con el catalán.

Su pareja fue Silvia, también barcelonesa de 37 años y empleada como monitora de gimnasio. Desde el minuto uno se notó que no había chispa entre los dos comensales, y la conversación llegó incluso a ser incómoda y forzada en algunos momentos. Carlos Sobera llegó a decir que esperaba que la cena acabase pronto, porque no sabía si los comensales iban a mantener la corrección durante mucho más tiempo. El desenlace fue el esperado, y el trader y la monitora se fueron a su casa cada uno por su lado.