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Eurovisión 2018

Guía canalla para seguir las 26 canciones de la final de Eurovisión 2018

Solo el eurofan es capaz de meterse en vena un festival de Eurovisión sin despeinarse. Para estar a su altura, sirva esta guía que, de forma canalla, repasa las 26 entradas que pujan este sábado por alzarse con el triunfo en el Altice Arena de Lisboa

La final del Festival de Eurovisión 2018 en directo

Actuación de España en Eurovisión 2018: Amaia y Alfred cantan «Tu canción»

El espontáneo que saltó al escenario durante la actuación de Reino Unido en Eurovisión 2018

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Ucrania. Melovin. «Under the Ladder»

Melovin representa a Ucrania, aunque parezca que lo haga por Transilvania
Melovin representa a Ucrania, aunque parezca que lo haga por Transilvania - EFE

Está bien que el festival de 2018 comience con esta delegación porque así nos vamos poniendo bien de circo hasta las cejas desde la primera actuación, y nos quitamos mucha de la morralla de la segunda semifinal que el jueves pasó a la final de este sábado. En el capítulo de personajes «de leyenda», se situaba (junto al bielorruso chusquero que acababa con la espalda saeteada con rosas de plástico –un asqueroso delirio– y la bruja maltesa mala –mala, de enferma, que en el pasado había sufrido enfermedades mentales, y a eso dedicaba su interpretación), este chico «husky» ucraniano.

La verdad que lo de la lentilla de cada color es lo de menos en una actuación en la que su representante sale de un piano ataud, el coro parece un grupo de muertos vivientes y él se enfunda un disfraz de Drácula. El muchacho monta su numerete y al final termina usando el instrumento para lo que es: escenificar que lo toca, porque en Eurovisión está prohibido el sonido directo de todo lo que no sea voz. Ahí hay quien ha querido ver hasta un homenaje a la «Gran bola de fuego» de Jerry Lee Lewis. Las reclamaciones a Jamala, que estuvo en el jurado que seleccionó esto en la final nacional ucraniana.

España. Amaia y Alfred. «Tu canción»

Como diría Anne Igartiburu, Almaia, con forma de corazón, en un ensayo en Lisboa
Como diría Anne Igartiburu, Almaia, con forma de corazón, en un ensayo en Lisboa - REUTERS

Televisión Española decidió juntar dos universos autónomos, con sus propias reglas y, en ocasiones, irreconciliables. De un lado, OT, con sus pastelosos millennials que van a saco con sus triunfitos, dispuestos a entregar las entrañas de sus progenitores si estos futuribles de cantantes se lo pidieran (en un tuit, por descontado, o en un directo de Instagram); y, del otro, Eurovisión, con sus eurofans haciendo tablas y tablas, incluso antes de que ellos mismos nacieran, sobre los ingredientes perfectos (afinación, puesta en escena, rimas en los estribillos, fuegos artificiales, vestuarios, cachivaches…) para que un tema se alce con la primera plaza en el concurso. Decidió juntarlos, decimos, y, el resultado, al final, no contenta a nadie.

A los primeros, porque no pueden entender que su Amaia o su Alfred (o su Almaia) puedan recibir ni una sola crítica. Son perfectos. Casi divinos. A los segundos, porque son conscientes de que ni la «magia» de la pareja ha traspasado la frontera de los Pirineos tal y como hubiera gustado a aquellos que estuvieron enganchados a su culebrón catódico durante la emisión de OT 2017, y porque saben que «Tu canción» era, de «Lo malo», ¿lo mejor?

Amaia se valía y se sobraba en Lisboa sin Alfred. Pero se pronunció el pueblo soberano con su televoto (¡qué sería de nosotros ahora si la pareja hubiera roto antes de pisar Portugal!). Y RTVE podría haber arrasado apostando por el efecto «Shake it Out» de la navarra, más que con su copia barata de «La, la, land». De la letra de «Tu canción» no diré nada, que aún estoy intentando averiguar qué es eso de «construir ciudad» (que parece que lo ha escrito un alcaldable populista), ni quién demonios se acuerda de la primera vez que bailó, como si aquello dejara en el individuo una huella imborrable como el primer beso o la primera comunión. Tampoco de los movimientos espasmódicos del intérprete masculino en la NO coreografía.

Porque luego está esa puesta en escena; más bien, «tirada» o «arrojada» en escena: sobria, dicen algunos. Plana para la mayoría. La tensión sexual no resuelta en la que al final ha decidido Gestmusic y la televisión pública depositar la fuerza de nuestra apuesta se diluye como un azucarillo antes del primer minuto, cuando los dos intérpretes se juntan para hacer cosas de enamorados de campamento. Se abusa demasiado del plano general para no verles hacer nada. Y eso no lo levantan ni el vestuario de ellos (por cierto, ¡cómo le gusta a esta chica vestirse de astronauta!) ni una mascletá valenciana. Desde luego, productora y cadena se han cubierto de gloria. Y por si teníamos poco, parió Tinet Rubira en Twitter (deseando que llegara el sábado ya. Eurodrama y placaje de las hordas más entregadas de fans españoles del festival), y un segundo puesto –el puesto de salida maldito desde el que nadie ha ganado nunca Eurovisión– como única pole que veremos este año. Por todo ello, deseamos a nuestros intérpretes «mucha mierda». Desde España.

Eslovenia. Lea Sirk. «Hvala, ne!»

Eslovenia se hace un «Barei» en medio de la canción
Eslovenia se hace un «Barei» en medio de la canción - EFE

Otra que se cree la última Coca-Cola en el desierto y todo lo que mete en el festival está ya inventado. Incluso en éste (y me refiero ahora a su pelo de tonos lilas, que compate con la portuguesa. A ver si las van a confundir, que ninguna de las dos canta en inglés). Sobre todo ese parar la canción a la mitad (eso es un Barei de manual), aunque a la muchacha le va el teatrillo y le hace creer al público que ha sido un fallo (más) de la realización portuguesa, sorprenderse cual millennial en redes y pedir al público que la animen tocándole las palmas. Todo inventado: sus bailarinas tirándose del pelo, sus ritmos electrónicos, sus juegos de luces… Normal que le haya costado hasta cuatro intentonas pasar a la final en su propio país. Pero ahí la tenemos, con un tema en esloveno que se puede traducir por «No, gracias» y que, para que nos entendamos, es como el «Lo malo» de Ana Guerra y Aitana en versión balcánica. Pues eso es precisamente lo que yo le digo: que es pésimo y que no. «Next!»

Lituania. Ieva Zasimauskaité . «When We’re Old»

La de Lituania tiene «una carta para ella» en Eurovisión 2018
La de Lituania tiene «una carta para ella» en Eurovisión 2018 - Reuters

He aquí una delegación que ha hecho de la necesidad, virtud, y de la que mucho tiene que aprender España, cuya puesta en escena –la que han improvisado Gestmusic y RTVE– es de vergüenza ajena. En un año en el que bajo el eufemismo «vamos a dar el protagonismo a la música», la televisión pública portuguesa nos deja sin pantallas leds y nos planta un suelo más negro que el tizón, tienes dos opciones: o traértelas de casa, como ha hecho Estonia, o jugar con los planos cortos y la emotividad, como hacen los lituanos, que tejen una balada que es la hermana mayor de «Tu canción».

Porque si nosotros se supone que queremos plantear un alegato del primer amor, que queda en representación teatral de colegio, con Alfred haciendo genuflexiones cuando dice «a tus pies», los eslavos esbozan un canto al amor para toda la vida, con una única cantante, como tendríamos que haber hecho nosotros (los falsetes de nuestro intérprete masculino son de meme, como demostró el de los Simpson y el melocotonero).

Ahora bien: Lituania, que parte tirada en el suelo, también tiene lo suyo. Sus hologramas son un poco rollo «en ocasiones veo muertos», y la aparición estelar final del marido de la cantante, en plan hombre florero y reality noventero presentado por Isabel Gemio, sobra de todas, todas. Aún así, ellos harán mejor marca que nosotros. Y a toro pasado, nos lamentaremos. Lo peor que nos ha podido pasar, además, es situar el original y la marca blanca con dos puestos de distancia.

Austria. Cesar Sampson. «Nobody Like You»

Austria, aparcando la nave espacial en el Altice Arena
Austria, aparcando la nave espacial en el Altice Arena - AFP

Decían Julia Varela y Tony Aguilar en su retransmisión de la primera semifinal del martes que Cesar Sampson venía de la escena independiente musical de su país. Y así fue. De forma independiente se paseaba este individuo por el escenario del Altice Arena, por tierra y por aire (le faltó una embarcación). Ni un centímetro se dejó por registrar en los tres minutos de su propuesta, pensando quizás, que para una vez que pisaba un escenario eurovisivo, y por miedo a no llegar a la final, él iba a aprovechar la oportunidad. La suya es otra de esas delegaciones que han decidido homenajear al elevador lisboeta de Santa Justa. Y es que muchas, ante el temor de que no hubiera pantallas leed en los fondos, decidieron llenarlo todo subiéndose a cosas muy altas (algunas extrañas, como los icebergs azeríes, que colapsaron antes de llegar a la final). Pero Cesar se lleva la palma, convirtiendo su plataforma en la nave Enterprise, mientras él, como si nada, lucía un galáctico chándal y entonaba su melodía gospel, en la larga tradición gospel que tiene este país transalpino.

Estonia. Elina Nechayeva. «La forza»

65.000 euros cuesta el vestido de la estonia. Cargador incluido
65.000 euros cuesta el vestido de la estonia. Cargador incluido - AFP

Querida amiga, Estonia: por muy moderna que tú te creas, tu vestido ya lo inventó Moldavia en 2013. En cuanto a tu apuesta por la lírica, ni que decirte que eso está también más pasado de moda en Eurovisión, incluso, que abusar de ritmos ancestrales y soniquetes fanfarrieros balcánicos, o llenarlo todo de pirotecnia. Pero allá tú, que yo entiendo perfectamente que tengas que lucir (metafóricamente) arriba y abajo ese modelazo en el que te has dejado 65.000 euros y que debe de ser la envidia de todas las reinas del carnaval de Gran Canaria y Río puestas una encima de la otra.

Tú dices que te sientes muy estrella Disney, y somos conscientes de ello mientras vemos cómo las imágenes proyectadas sobre tu falda, mientras tu engolas la voz para hacer tus gorgoritos en italiano, nos hacen recordar a Frozen y hasta a Avatar. Pero ten cuidado, cariño: en algún ensayo hemos intuido sobre él hasta lonchas de jamón ibérico. Y, cuando se apaguen las luces, pese a que ahora las casas de subastas te empujan a un top 10, o peor, cuando evolucionen las tecnologías y tu falda no sea compatible con las del futuro, nadie recordará tu vestido. Acuérdate de llevarte el cargador de la prenda a la final del sábado. Y forza!

Noruega. Alexander Rybak. «That’s How You Write a Song»

Noruega: interprete «viejo» cin un violín «nuevo»
Noruega: interprete «viejo» cin un violín «nuevo» - AFP

Soy de los partidarios de que, si una vez triunfaste en Eurovisión, o en lo que fuera que triunfases en la vida, lo mejor es retirarse a tiempo y saborear esas mieles, que volver y hacer el ridículo (que se lo digan si no a Dana Internacional, como ejemplo del primer caso, o a Bonnie Tyler, del segundo).

Porque a Alexander Rybak, que en 2009 se alzó con el micrófono de cristal, se le ve cascadete en su regreso al escenario eurovisivo, con la voz más que tocada y desfondándose con las carreritas que se pega por el Altice. Pero él tenía que responder a sus fans, que insistentemente le reclaman por el secreto para escribir una buena canción; y, en plan sobrao, en vez de hacerlo como todo el mundo, en Twitter, ha decidido usar el escenario de Lisboa.

De eso va su tema, una de las primeras de esta final que introduce los grafismos, como ya hizo Mans Zelmerlöw cuando ganó por Suecia, para dibujar con ellos en el aire instrumentos musicales que se transforman hacia el final en un violín de verdad, el que tantas alegrías le ha dado y que él toca en riguroso falsete.

Portugal. Cláudia Pascoal. «O Jardim»

Portugal, metido en un jardín
Portugal, metido en un jardín - Reuters

Portugal, con Cláudia Pascoal y su pelo rosa (hablando de flores, ¿soy el único al que esta chica, de vez en cuando y dependiendo del golpe de cámara, le recuerda a Rosa López?) se mete en un jardín. Literal. Un jardín en el que los focos plantados por el escenario hacen las veces de girasoles desvaídos y virtuales, para un campo tecnológico que debe de ser de yerba, a tenor de los acordes casi, casi new age (¡a estas alturas!) de su tonadilla que, si bien es resultona, no le va a dar para ganar el festival.

Es lo que persiguen todos los países anfitriones: cumplir el expediente y a otra cosa, que Eurovisión es una cosa muy serie y muy cara. En realidad, Portugal se ha metido en varios jardines: renunciando a las pantallas leds y retrotrayéndonos a emisiones de los noventa; colocando a presentar el concurso a las Spice Girls portuguesas (cuatro chicas muy «grajiosas» que se están bebiendo el presupuesto de las pantallas en vestidos); o dejando que caiga la bomba de Salvador Sobral arremetiendo contra una de las favoritas: Netta. Dice que su canción es un espanto y que la escuchó, pero poquito y por error, porque le obligó Youtube. Suponemos que el sábado, cuando suba al escenario del Altice con Caetano Veloso, se tendrá que tapar los oídos para que continúe la racha.

Reino Unido. SuRie. «Storm»

SuRie, del Reino Unido, a cuadros
SuRie, del Reino Unido, a cuadros - Reuters

Todo es antiguo e ideal en la tonadilla de Reino Unido para ganar el festival de Eurovisión… en 1972: su cantante, su apuesta por la falda pantalón, su escenario romboidal en forma de túnel del tiempo por el que de desplaza sin mucha gracia la cantante (watch the step!), su apuesta por el humo en el escenario y los fuegos artificiales, su letra en plan alegato al hermanamiento mundial… Una metáfora a que después de la tormenta (la británica, suponemos), siempre llega la calma (que también pensamos que será el sol de Benidorm o Magaluf de agosto).

Si algo bueno tiene este tema es que permite repasar la lección de vocubalario de la familia en inglés y así aprovechar el tiempo durante una entrada, que, como muchas otras, es una oda a los coros pregrabados (como si no tuviéramos suficiente con la música enlatada), con los que, chico, te ahorras una pasta en billetes de avión enviando delegaciones numerosas. Ahora bien, yo me pregunto por qué a los británicos les chiflan tanto las canciones de arrejuntamientos universales cuando después se marcan un Brexit. Que no, que no, que no les representan. Mejor un rollo «¡Se acabó!», a lo María Jiménez. Cambiarían flema por cinismo (dos deportes muy ingleses) y tendrían mi voto.

Serbia. Sanja Ilik y Balkanika. «Nova Deca»

Serbia a punto de iniciar su «Sister's Formación» al estilo de Roi de OT
Serbia a punto de iniciar su «Sister's Formación» al estilo de Roi de OT - EFE

Eurovisión no sería lo mismo si no tuviéramos un abuelo balcánico, unos cantos étnicos y un grito ancestral arrancando la tonadilla. Todo eso lo empaqueta este año Serbia y lo pone sobre el escenario en su propia lengua. Este país representa a muchos otros a los que, como el inglés no les permitió ni siquiera pasar a la final de Kiev en 2017, han renunciado a él en Lisboa.

Y miren si tiene años el anciano de Serbia, el líder de la banda Balkanika, que ya en su día compuso los temas de ¡Yugoslavia! en el año del Naranjito y en 1984. Por lo demás, esta delegación pasaría todos los controles rusos: es un canto a la tradición, a la Historia, y rezuma cis heteronormatividad por los cuatro costados, con las dos integrantes femeninas llegando a hacerse un Sister’s Formación de esos que tanto gustaban al bueno de Roi de OT, y que no le hacen sombra al armario empotrado calvo que llevan como solista masculino.

Alemania. Michael Schulte. «You Let me Walk Alone»

Alemania en pleno alegato pro-vida
Alemania en pleno alegato pro-vida - REUTERS

El pelirrojo intérprete alemán, con pinta de no haber roto un plato en su vida, llega a Lisboa con las hormonas revolucionadas. Revolucionadas, por un lado, porque en breve será papá (aprovechó el altavoz de la segunda semifinal para contar en primicia mundial que espera un niño para finales de agosto), y, por otro, porque se pasa toda la canción acordándose de su padre.

Pero acordándose de buen rollo: que si era su héroe de la infancia, que si era adorable… Pero le lee la cartilla porque un buen día le dejó caminando solo por la vida. A Schulte hasta se le salta la lagrimilla y ahí reside la fuerza de esta canción, que además también sabe ocupar el escenario con sus grafismos de Mister Wonderful y cámaras que vuelan sobre el escenario. España, Gestmusic: esta entrada también guardárosala en los favoritos de Youtube, que si bien no la usáis en un futuro festival, a la productora lo mismo le hace un OT 2018 o un Tu cara me suena 7 resultón.

Albania. Eugent Bushpepa. «Mall»

Albania y su ferretería
Albania y su ferretería - Reuters

Poca broma con Albania. Aquí se demuestra cuando un cantante es un intérprete profesional. Si acaso, una llamada a su outfit tachuelero, esa oda a la correa; y al de su banda, una especie de parada de los monstruos o grupo de extras de «The Walking Dead».

Sin embargo, Eugent defiende sin problema un tema en su propio idioma («anhelo» sería la traducción al español), que nos sirve para hablar del lado positivo del «efecto Salvador Sobral» (el ganador del pasado año) que planea por esta edición como un espíritu omnipresente: el que hasta una docena de delegaciones opten por su propia lengua, algo que también hacen España, Italia, Francia, o Armenia y Grecia, aunque a estos dos últimos no les haya servido de nada.

Apuestas como estas enriquecen al festival y nos reencuentran con una pluralidad a prueba de globalizaciones. El negativo, ya lo sabemos: un escenario sin pantallas leds (aunque sí focos leds) que está dando paso a una de las realizaciones más planas que se recuerden y que nos retrotraen a retransmisiones de los años noventa. Un vintage que no tiene ningún sentido, más allá de obligar a los cantantes a afinar y no dar la nota. Caso del albanés, que cruza la pasarela.

Francia. Madame Monsieur. «Mercy»

Madames et Monsieurs: Madame Monsieu
Madames et Monsieurs: Madame Monsieu - Reuters

Pues ahí tenemos a Francia, haciendo más ruido en casas de apuestas por el trasfondo social de su canción que por su puesta en escena, porque el asunto deja mucho que desear. Les comento: Señoras y señores, Emile Satt y Jean Karl son Madame Monsier, la mujer que vino del futuro para traernos la lejía y el tonto útil, porque, teniendo en cuenta que en Eurovisión los instrumentos no suenan, a él lo tenemos de florero, con su guitarra, en el Altice.

El caso es que ella, deja el blanco impoluto del anuncio para vestirse –sin abandonar las hombreras galácticas– de riguroso negro para contarnos que la cosa está muy malita con los refugiados y las guerras. De forma que su «Piedad», título de la canción, es la fabulilla de una niña inmigrante que nació en una patera. Ahora bien, el humo del escenario y la iluminación nos pueden hacer pensar que más que tocar las «costas de París», a donde ha llegado la criatura es al Cielo. Por lo demás, los dos intérpretes franceses ocupan a la carrera todo el escenario para acabar entre los espectadores haciéndose un Son Goku, en posición lanzar la bola de fuego, pero de fogueo. Todo sea por tener un gestito estúpido por el que ser recordado en Eurovisión (ése, el de la serpiente polaca o el de la gallina israelí).

República Checa. Mikolas Josef.«Lie To Me»

Mikolas y su moooochila, moooochila
Mikolas y su moooochila, moooochila - AFP

Me encantan esos reality en los que sus aspirantes se presentan como «algo» y «modelo». Mikolas es cantante y modelo. Sin embargo, después del susto que se pegó tras el primer ensayo en el Altice Arena (del que se resintieron sus vértebras y que le hizo acabar en urgencias), lo suyo no son contoneos de pasarela, sino que al chaval parece que le han metido un palo por el trasero. Trasero, además, que es incapaz de coordinar con el de sus dos bailarines. Es curioso, que sean capaces de hacer cabriolas y piruetas como en el Circo del Sol y luego fallen en el contoneo.

El caso, que a Mikolas se le han quitado las ganas de ganar una medalla olímpica y, con su apariencia de repelente niño Vicente y digno heredero de Dora Exploradora, se calza una mochila a su espalda (un «macguffin» de manual de esta edición; hay varios, como los gatos israelíes o la rueda giratoria finlandesa) y cede todo el protagonismo de su tonadilla a sus bailarines y a sus propias gesticulaciones. La luz, el humo, hacen el resto. Aún así, su opereta le ha servido a este país para llegar a la final por segunda vez en su Historia, como le ocurrió en 2016.

Dinamarca. Rasmussen. «Higher Ground».

Los daneses, en son de paz
Los daneses, en son de paz - REUTERS

Parece ser que no solo hubo actores, sino también vikingos del «No a la guerra» (aunque claro, entendemos que se trataban de guerras diferentes). El caso es que uno de esos inspira al pelirrojo Rasmussen para representar a Dinamarca en Eurovisión 2018. Y tanto lo inspira, que tanto él como su grupo, se mimetizan con su aspecto, montándose sobre el escenario del Altice Arena su propio capítulo de «Juego de Tronos».

Sin embargo, el arranque de su coreografía deja mucho que desear, a pesar de las velas (de barco) desplegadas a cada banda, con unos pasos de baile que parece que nos están indicando las salidas de emergencia de esta nave. Según entramos en el asunto, los daneses se transforman en la selección de rugby de Nueva Zelanda ejecutando su haka. Sin embargo, y sin miedo a lanzarles un «spoiler», nadie sale herido de esta actuación. De hecho, ésta acaba con los vikingos sacando la bandera blanca. Y, entonces, se pone a nevar. Como en la actuación irlandesa que vendrá después. Cosas del cambio climático.

Australia. Jessica Mauboy. «We Got Love».

Australia en plena clase de spinning
Australia en plena clase de spinning

Australia está encantadísima de que la invitemos todos los años a llegar a la final de Eurovisión, pero parece ser que ya se ha cansado del corte de mangas que le dieron los jurados el año pasado (era cuarta antes del televoto, que le otorgó 2 miserables puntos y la hundió en la tabla). Por eso ha tomado represalias. Para comenzar, nos castiga sin Lee Lin Chin como portavoz (o portavoza, lo que quiera Irene Montero y los de Nosotras) del jurado profesional de la televisión pública australiana este 2018.

Y, para continuar, nos manda a una diva como representante, pero una diva muy, muy petarda, de las que, más que actuar, muestran en el escenario que está encantada del Erasmus a Lisboa que se está haciendo. Su córeo pone en guardia a los equipos de emergencia del Altice Arena, que no saben si es un brote epiléptico o una danza mahorí. Por cierto, artistas españoles: cuando acabe la actuación de Mauboy, pillaros unos billetes a Sidney. Ya me contaréis si no lo fácil que debe de ser grabarse un disco (y más de uno tiene la chavala) en ese continente. A pesar de que la afinación se la haya dejado en la bolsita de los líquidos del aeropuerto.

Finlandia. Sara Aalto. «Monsters»

Sara Aalto en plan «monsters» muy «high»
Sara Aalto en plan «monsters» muy «high» - EFE

Saara Aalto (con dos «aes») se sube a una tarima al comienzo de su actuación para mirarnos desde muy alto (con solo una). En realidad, la colocan en una especie de ruleta giratoria que invita al resto de delegaciones a lanzar sus cuchillos, sobre todo a las que no han pasado a la final. Y mientras uno se repone de este «mcguffin», se pregunta si Saara será familiar del arquitecto o si en Finlandia Aalto es un apellido como lo es aquí García.

Y ya que nos ponemos artísticos (y para subir un poquito el nivel cultural de todos estos comentarios tomados a vuelapluma), he de decir que sus bailarines filonazis me recuerdan a los extras de algunos vídeos del español Joan Morey. De igual manera que la instalación de bloques en círculo del armenio se daba un aire a los menhires de Elena Asins. Hasta aquí los contenidos de La 2, cadena en la que se retransmiten las semifinales.

Volviendo a Finlandia, lo más destacado de su «monstruosa» actuación es que, en una edición del festival que decidió renunciar a los fondos digitales para evitar «pirotecnias efectistas» y darle todo el protagonismo a la música, probablemente no se recuerde más cantidad de fuegos artificiales sobre un escenario. Si bien la tendencia ha sido la pirotecnia fija vertical (los «antisistema» suizos apostaron por la portátil, en un bote de humo), los finlandeses nos sorprendieron con la posibilidad de girar también los chorros de fuego 45 grados. ¡Yeah!

Bulgaria. Equinox. «Bones»

Bulgaria no quería quedarse sin su tarima
Bulgaria no quería quedarse sin su tarima - Reuters

La de Bulgaria es una de esas delegaciones de la primera edición cuyos integrantes, más que venir a interpretar una canción, parecía que venían a pedirnos dinero (y de estas hubo unas cuantas).

Equinox es una banda que no existía antes de Eurovisión 2018 (algo que nos habríamos ahorrado pasando directamente a la edición de 2019) y eso se nota. Sobre todo porque cuando juntas cosas rarunas te sale una especie de travestidos directamente importados de «Los Juegos del Hambre» o «Blade Runner», liderados por la hermana rara de Sia (la que sí que da la cara).

A Bulgaria se lo perdonamos todo porque el año pasado casi se alza con la victoria, y porque en poco tiempo se ha hecho dos top 5. Le perdonamos hasta esos planos de realización en modo random que dividen la pantalla a gusto de algún iluminado, o que en partes de su estribillo algunos encontremos homenajes a Chiquito de la Calzada: «So I love you candemor»…

Moldavia. DeReDos. «My Lucky Day».

Moldavia y su homenaje a la jota
Moldavia y su homenaje a la jota - EFE

Lo de Moldavia, más que una entrada de Eurovisión, es el réquiem perfecto para delegaciones históricas como la rusa o la rumana, que, desde 1994 habían pasado a segunda ronda. Inexplicable que esto haya llegado a una final. Por su culpa nos quedamos sin ver lo que es una «montaña rusa» (la de Julia Samoylova, a la que este año echan y el pasado no dejaron entrar en Kiev), ni la fiesta de los maniquíes rumanos (que deja huérfanos los 12 puntos de la colonia española. ¿Por una vez votaremos con más criterio o directamente apostaremos por este engendro? Consecuencias de la inmigración).

El caso es que este trío (que en realidad es poliamor, pues son ellos, vestiditos cada uno con un color de la banderita de su país, más sus replicantes en forma de coro) apostó porque este fuera su día de suerte, y lo consiguió. Los de DoReDos se pasan los tres minutos de su canción haciendo spinning por el escenario, saliendo y entrando de unas cajas que se abren y se cierran, y en las que metieron de todo menos la afinación. Hasta para esconder el truco son malos.

Suecia. Benjamin Ingrosso. «Dance you Off».

Suecia a rayas
Suecia a rayas - REUTERS

Durante toda la segunda semifinal, Tony Aguilar y Julia Varela repitieron la monserga de que el representante X se había compuesto él mismo su canción, que conocía a no se sabe bien qué pavo o que era familiar de un tercero. Como si el talento se contagiara como la gripe. Yo, cada vez que oía eso, temblaba.

El caso es que Benjamin Ingrosso es primo de un dj. Pues acabáramos. Que pase a la final. Él mismo se hace una pasarela lumínica en la que algunos han gustado de ver reminiscencias de Daft Punk y que queriendo ser una copia de la peli «Tron» de 1982, se queda en una especie de «Flash Dance» sin pole bar. El caso es que a Benjamin le queda todo muy super disco fashion y consigue que, y a pesar de Islandia, el bloque nórdico continental se quede en pleno en Eurovisión.

Hungría. AWS. «Viszlat Nyar»

Hungría, en un momento de calma de su actuación
Hungría, en un momento de calma de su actuación - Reuters

Hungría es la razón de que este año no haya pantallas leds en el escenario de Eurovisión: tenía mucho miedo la televisión portuguesa de que los húngaros se las destrozaran a machetazos. El «metal» llega a la final, arramplando con el arco detector del aeropuerto y de la semi del jueves.

La banda AWS se declara seguidora de la cultura «anticelebrities», aunque ellos actúan como verdaderas estrellitas en el escenario, arrojándose contra el público para que les alcen en volandas (maravilla que se retiraran y se dieran el gran trompazo). Pertenecen también a ese clan de los que «se han escrito lo suyo ellos mismos».

Nadie entiende lo que dicen, por los berridos y porque está escrito en húngaro. Pero la canción se llama «Adiós verano» y vemos que en este país sienta bastante peor el fin de la campaña estival que en el Nerja de «Verano azul». El caso es que, visto el talante, Hungría o gana o nos invade. Eso sí que es un Forocoches, el magiar, aupando cosas como éstas, y no el español, panda de aprendices.

Israel. Netta. «Toy»

La «Toy Story» de Netta
La «Toy Story» de Netta - AFP

Lo cierto es que si no estuviéramos bajo los efectos del #metoo, quizás, otro gallo nos cantara este año con Israel. O gallina, a tenor de sus balbuceos y la inconexa córeo de sus bailarinas epilépticas. Y la prueba está en que Netta, después de mantenerse como gran favorita desde marzo para alzarse con la victoria en Lisboa 2018, lleva toda esta semana cediendo su puesto a Chipre y hasta a Noruega en casas de apuestas.

Su gallina de los huevos de oro se desinfla; no tanto por su tema, que tiene cierta gracia (sobre todo cuando cacarea), como por su puesta en escena, solo asumible por tragaderas muy eurofanáticas, en el que las licencias poéticas son tantas que hacen imposible una trama convincente: Porque Netta, en plan ñeta, aparece enfundada en un kimono japonés, rodeada de dos estanterías repletas de gatos chinos de la suerte, mientras ella samplea y practica su looping vocal que es un alegato en contra del acoso escolar o la cosificación de la mujer. Lógico que tenga entregado al público LGTBi.

Y por si faltaran pocas referencias en esta ensalada internacional, también aquí se tira, cómo no, de fuegos de artificio. La gallina Caponata ya dio la nota en los setenta; y camino de ello va Netta, a la que en la primera semifinal vimos signos de desgaste en su garganta. Pero es lo que tienen los millennials, grandes «inventores»: que nada de lo que pasó antes de que ellos nacieran existe hoy en su cabeza.

Países Bajos. Waylon. «Outlaw in’em»

La «tradición» por el country en Holanda, en Eurovisión
La «tradición» por el country en Holanda, en Eurovisión - EFE

The Common Linnets se desgaja y la parte masculina regresa a Eurovisión, tras ese segundo puesto de 2014. Y su rollo folk muta en una nueva cepa country, un estilo tan europeo como el Día de Acción de Gracias o las vuvuzelas. Parece ser, sin embargo, que mezclar estos acordes con la música negra es tendencia, aunque yo no lo encuentre entre los «trending topics» de Twitter.

Sin embargo, ahí está Waylon, apostando por el «print animal» (esperemos que ningún animal haya resultado herido antes, durante o después de esta actuación) acompañado de unos cuantos negros bailongos intentando acaparar atención. ¿Lo peor de este «teaser» propio de los Javis? El taburetillo en el que han subido al cantante: ¿No había nada más alto? Esperemos que su actuación no se quede en otro quiero y no puedo como ese elevador con faros.

Irlanda. Ryan O'Shaughnessy. «Together»

Irlanda,cantando bajo la nieve
Irlanda,cantando bajo la nieve - EFE

A falta de baladas en la final (éramos pocos y parió la abuela de Dublín), Irlanda da la campanada y cuela otra, llevándose por delante a divas de cartón piedra como la griega (que cantaba desganada) o la croata (su yang, en riguroso negro y convertida en la reina de la mueca).

Este país ha sido sin duda alguna el «dark horse» de la edición, alguien con el que nadie contaba (al menos las casas de apuestas), a pesar de ser todavía la delegación que más veces ha ganado el festival, pero que desde que entramos en el nuevo siglo no encuentra su rumbo.

Ryan O’Shaughnessy creció en platos de televisión y eso se nota en la puesta en escena de su propuesta, que, además, cuenta... con una guitarra y un piano. Sí. RTVE se escudaba en que Alfred y Amaia no los llevarían porque la UER no permite la música en directo. Pero nadie habló de tocarlos (era más bien cuestión de dejarse o no el dinero del presupuesto en esto o en siete vestidos).

Los dos bailarines de esta delegación protagonizan una de las mejores leyendas urbanas de este festival: el de que Rusia retransmitiría el programa en diferido o retardo para censurarlos, entregados como están ellos al homosexualismo en sus vidas. Ryan les dejó helados. Tanto, que al final de su actuación se pone a nevar. Otra vez.

Chipre. Eleni Foureira. «Fuego»

Chipre, «on fire»
Chipre, «on fire» - Reuters

Y cuando pensábamos que la primera semifinal, la que se había llamado «la de la muerte» (que debían de referirse a la muerte del espectador, porque no pudo resultar más aburrida desde el salón de casa), llegó ella, la Sofía Vergara chipriota, dispuesta a levantar lo que hiciera falta.

Una representante, Eleni Foureira, que dejaría en simples mamarrachas a cualquiera de las ganadoras de cualquier edición de la RuPaul Drag Race (Shante, you stay!). Ella sí que es una diva 2.0, con wifi incorporado y golpe de melena; con su toque electro-latino de oriente.

Si las Salazar de los «Gipsy Kings» inventaron el brilli cueri cabelludi, lo de Foureira es el «brilli cuerpi tatuadi», a tenor de su traje-mailot, que habrá dejado a una Rebe de Plasencia en mode depresión buscándolo en Wallapop. Y como dice la letra de su canción, en su actuación, mucho fuego; así, en español, que ella, por descontado, se trae de casa.

Italia. Ermal Meta y Fabrizio Moro. «Non mi avete fatto niente»

Los italianos y su torre de babel
Los italianos y su torre de babel - Reuters

Italia apuesta este año por un dúo, el de Ermal Meta y Fabrizio Moro, ganadores de San Remo y prototipo del típico italiano pasadete que está de vuelta de todo. Aún así, ellos guardan las formas con «Non mi avete fatto niente», un canto a seguir adelante a pesar del terrorismo religioso que asola a Europa y al mundo.

Sin embargo, esta delegación también abusa de los grafismos sobreimpresos (extractos de la canción en varias lenguas europeas, lo que genera un interesante galimatías babelístico en pantalla), por lo que con ellos me pasa como con las películas en versión original: que o leo o miro. Si miro, me doy cuenta de que su recorrido en el escenario es prácticamente el mismo que el que antes hizo Francia. Si escucho, me reafirmo en que si no fuera porque la intención de la entrada es loable, nuestros oídos resistirían a duras penas tantos desafines bienintencionados.