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The Terror

Canibalismo, veneno y terribles asesinatos: la espeluznante leyenda de la expedición perdida en el Ártico

En 1845, dos de los mejores barcos de la Royal Navy británica zarparon en busca del Paso del Noroeste, la ruta más rápida entre Europa y Asia. Nunca se volvió a saber de ellos y ahora se inspira en su historia «The Terror», la nueva serie de AMC

«The Terror», la serie de AMC que se inspira en la historia real de la Expedición Franklin
«The Terror», la serie de AMC que se inspira en la historia real de la Expedición Franklin
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En las últimas semanas, está triunfando en todo el mundo «The Terror», la nueva serie de AMC producida por Ridley Scott y protagonizada por Ciarán Hinds, Jared Harris, Tobias Menzies e Ian Hart. Un drama histórico al que muchos ven similaridades con otros títulos como «The Walking Dead» o «Perdidos», pero que tiene de ficción mucho menos de lo que parece.

Porque «The Terror» está basada en una historia real. En la tragedia en la que, hace ahora 173 años, se inmiscuyeron dos de los mejores barcos de la Royal Navy de Reino Unido: el HMS Erebus y el HMS Terror. El 19 de mayo de 1845, ambos buques, equipados con la mejor tecnología, partieron desde el puerto británico de Greenhithe en busca del Paso del Noroeste, un enlace más rápido entre el Atlático y el Pacífico en pleno Océano Ártico que permitiese a los navegantes una mayor celeridad en sus viajes entre Europa y Asia. De encontrar dicha vía, conseguirían evitar tener que cruzar por el Cabo de Hornos, en la parte más al sur de Sudamérica entre Argentina y Chile, o bien por el Cabo de Buena Esperanza, al sur de África. Trataron, así pues, de buscar un nuevo camino más rápido para cruzar al otro lado del planeta.

Encontrar el Paso del Noroeste era una antigua ambición británica, por lo que 129 hombres partieron en su busca, liderados por el veterano capitán John Franklin y por los comandantes Francis Crozier, capitán del Terror; y James Fitzjames, cabeza visible del Erebus. Franklin había viajado en tres ocasiones al Ártico, en la búsqueda de aquella vía. De la primera, en 1818, volvió tan fascinado que volvió a intentarlo un año después, ahora como comandante en jefe. Su expedición, no obstante, terminó en tragedia. Quedaron atrapados en el Ártico hasta 1822, cuando fueron rescatados. Solo nueve regresaron con vida de los veinte que habían partido y las teorías más enrevesadas aseguran que los que vivieron, lo hicieron a costa de devorar la carne y la grasa de los cuerpos de sus compañeros muertos.

Franklin, de hecho, tuvo que engullir su funda de escopeta, su cinturón, su pantalón de cuero e incluso sus zapatos. Es más, a su vuelta en Inglaterra pasó a ser conocido como «el hombre que se comió sus botas». Pese a su fracaso, tres años más tarde volvió a liderar una nueva expedición al Ártico, que regresó sin encontrar el paso. La Marina, así las cosas, no confiaba demasiado en él para ponerle al frente de la nueva expedición. Tampoco Sir John Barrow, segundo secretario del Almirantazgo y promotor de los viajes británicos al Ártico. En su lista de posibles capitanes había hasta cinco navegantes por delante de Franklin, entre ellos Crozier y Fitzjames, pero no pudo salirse con la suya y la conocida como Expedición Franklin partió en mayo de 1845 en busca de aquel Paso del Noroeste. Pero no regresó jamás.

Atrapados sin salida

Pocas cosas se conocen con certeza acerca de todas las leyendas que envuelven a lo sucedido en aquel viaje a bordo del Erebus y el Terror, más allá de la escalofriante premonición que esconde el nombre de este segundo navío. El contacto con ambos buques no tardó en perderse y las historias de los inuit –los esquimales de la región– fueron, durante más de un siglo, la pista más concluyente para descubrir lo que sucedió con Franklin y sus 128 oficiales. Relatos de lo más controvertidos, que parten de la certeza de que ambos buques quedaron encallados en el Estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en la zona más fría de Canadá. Un lugar en el que, hoy en día, la temperatura más alta es de -10ºC a plena luz del sol.

Las teorías sobre lo que pudo suceder con esos 129 cuerpos son de lo más variadas. Algunas explican que todos los hombres, a los que el Gobierno de Reino Unido dio por muertos oficialmente en marzo de 1854, nueve años después de partir, murieron víctima de patologías como el escorbuto, la tuberculosis, el hambre, la falta de zinc, neumonía o la enfermedad de Addison debido a las condiciones infrahumanas que allí afrontaron. Sin embargo, todo parece indicar que lo que sucedió fue mucho más allá y que, con el paso del tiempo, los navegantes recurrieron, como habían hecho los supervivientes de aquel equipo que había liderado por Franklin en 1819, al canibalismo. Incluso, cuentan relatos inuit, hubo varios que asesinaron y decapitaron a sus propios compañeros para sorber sus cerebros y alimentarse de sus carnes.

Retrato de Sir John Franklin
Retrato de Sir John Franklin

Lo sucedido con la Expedición Franklin ha inspirado todo tipo de relatos, canciones, poemas y cuentos populares. También novelas como «El Terror», de Dan Simmons y en la que se basa la serie de AMC, programas de radio, documentales, e incluso un especial de «Cuarto Milenio», el programa que Íker Jiménez conduce en Cuatro. «Se encontraron 400 huesos de once cuerpos distintos y el 25% de ellos presentaban restos de canibalismo. Sufrieron espejismos y locuras. Hubo incluso expedicionarios que se equivocaban de rutas por los efectos provocados por las alucinaciones», comentaba al respecto el propio Jiménez en su espacio. «Muchos de los cuerpos hallados tenían surcos de cuchillos en los huesos, señal de que se habrían alimentado de ellos», añadía.

La última vez que los barcos fueron vistos por un equipo europeo fue en agosto de 1845, cuando fueron avistados por dos balleneros, el Príncipe de Gales y el Enterprise. Uno de los principales problemas que encontraron los expedicionarios estaba en el aspecto más básico: la comida y el agua. Antes de partir, el Gobierno le pidió a un proveedor la fabricación a toda prisa de cerca de 8.000 latas de conservas. Estuvieron listas a tiempo, pero «se hicieron de una manera muy descuidada, haciendo que el plomo gotease al interior de la lata como cera derretida», como explicaría en 1987 Owen Beattie, profesor de Antropología en la Universidad de Alberta y el jefe de un equipo de científicos desplazado en 1981 a la zona para tratar de discernir lo sucedido con Franklin y su grupo. El sistema de conducción del agua de ambos navíos, además, conectaba el suministro para el consumo humano con el de los motores, por lo que el agua quedó contaminada por el plomo de las máquinas y los oficiales comenzaron a intoxicarse cada vez que querían beber.

El plomo, factor clave

Esas altas dosis de plomo presentes tanto en el agua como en las latas de conserva fueron quizá el mayor hándicap al que tuvieron que hacer frente los miembros del equipo de Franklin. «Muchos murieron intoxicados por la aleación de metales de las latas de comida, que ingirieron de forma crónica y les provocaron cólicos y diarreas», explicaron varios expertos en «Cuarto milenio». «Ese plomo se acumulaba en los huesos y en las encías y derivó en que los expedicionarios empezaron a dejar de querer comer. Tenían chocolate, pero no lo querían», prosiguieron. Varios de los cuerpos encontrados, de hecho, aparecieron al lado de latas de comida sin tocar, aunque los exámenes médicos discernieron que habían muerto de hambre. «Preferían morir de hambre a tener que sufrir el dolor de comer comida envenenada», señaló al respecto en el programa la periodista Carmen Porter, cabeza visible junto a Jiménez de «Cuarto milenio».

Los problemas con los suministros básicos fueron los que, según parece, llevaron a los hombres de Franklin «a la locura». «Los navegantes se empezaban a poner enfermos. Tenían que comer líquenes, que les daban unas diarreas terribles, y tenían que quemar barcas para poder mantenerse con vida». Por ello, uno de ellos, como explicó Porter, «dio el paso» y «empezó a asesinar a sus compañeros y a comer su carne». Las teorías canibalistas fueron negadas por el Gobierno británico y por personalidades tan reconocidas como el escritor Charles Dickens. Sin embargo, finalmente quedaron rendidos a la evidencia.

Dos años después de que Franklin y su equipo marchasen al Ártico, la esposa del capitán Franklin, Lady Jane Franklin, promovió varias iniciativas para que el Almirantazgo pusiese en marcha nuevas expediciones para encontrar al equipo perdido. Apoyados por el Parlamento británico, los primeros viajes de rescate se realizaron en la primavera de 1848, aunque no lograron encontrar nada. Dos años más tarde, en 1850, encontraron las tumbas de John Torrington, John Hartnell y William Braine, cuyos cuerpos estaban especialmente bien conservados. La autopsia, practicada más de cien años después, en 1984 por el equipo de Beattie, reveló que Torrington, de 20 años, murió a causa de una neumonía agravada por las grandes cantidades de plomo encontradas en sus pulmones. Su cadáver, no obstante, es uno de los cuerpos mejor preservados de la historia y fue la fuente de inspiración de la canción «The Frozen Men», del cantautor estadounidense James Taylor, ganador de cinco Grammys.

En 1854, cuatro años más tarde del hallazgo de los tres cadáveres, cuenta «National Geographic», el médico y explorador John Rae, que había formado parte de aquel primer viaje de rescate en 1848, volvió a la zona y encontró los restos de varios hombres, entre ellos los del capitán Crozier. Unos inuit, además, le aseguraron que hacía poco habían visto «a un grupo de cuarenta hombres blancos arrastrando un bote» hacia el Río Back, donde había un pequeño puesto comercial y donde confiaban en poder contactar con alguien. Como le contaron, esos hombres, muy delgados, demacrados y sin dientes, quedaron «impelidos a la antropofagia» y sobrevivían a costa de «comerse a los fallecidos», tal y como lo atestiguaba «el contenido de varias ollas», en palabras de los inuit. Otros relatos, además, hablaban sobre la existencia de una criatura sobrehumana, «de grandes garras, colmillos y un tamaño sobrenatural», que devoró a muchos de los expedicionarios, entre ellos al teniente Graham Gore, uno de los hombres fuertes del Erebus.

¿Dónde están los demás?

Cinco años más tarde de aquello, en abril de 1859, otro equipo encontró sobre un montículo de piedras un documento firmado por Crozier y Fitzjames que contenía varios mensajes. Entre ellos, uno fechado a 25 de abril de 1848 y que disponía que el capitán Franklin había muerto el 11 de junio del año anterior, así como que quedaban 105 hombres vivos, que habían abandonado el Erebus y el Terror tres días antes y que marchaban a pie hacia el Río Back, ahora dirigidos por Crozier, en un mensaje que era poco menos que un epitafio de muerte. Un año antes, habían escrito el primer texto, firmado por el propio Franklin y que indicaba que la situación estaba controlada. «Todo bien», se limitaba a decir. Dos semanas más tarde, el capitán murió, como indicó el grabado firmado por Crozier y Fitzjames. «Los capitanes (Fitzjames y Crozier) firmaron un documento, en el que aseguran que, en 1847, muere súbitamente Franklin, pero no dicen donde está. Cuentan que han muerto muchos hombres, pero que van a intentar buscar una salida», señalaron sobre el documento en «Cuarto Milenio». El cuerpo de Franklin nunca se encontró.

Más allá de ello, se desconoce qué fue lo que pudo suceder con claridad. Con el cadáver de Crozier hallado en 1854, no se sabe que fue de Fitzjames y del resto de sobrevivientes que habían marchado en busca del Río Back. Y eso que el Gobierno británico envió cerca de cuarenta expediciones en busca de supervivientes, en las que llegó a partir la propia Lady Jane Franklin. Muchas, incluso, no lograron volver nunca.

En septiembre de 2014, hace cuatro años, se encontró en el fondo del Ártico el pecio del Erebus... mientras las autoridades se encontraban buscando los restos del vuelo 370 de Malaysia Airlines, aquel que desapareció en marzo de 2014 sin dejar ningún tipo de rastro con 251 personas a bordo y del que nunca ha vuelto a saberse nada, lo que le confiere un misticismo mayor –si cabe– a la leyenda de la Expedición Franklin. Dos años más tarde, en septiembre de 2016, se encontró el pecio del Terror, muy cerca de donde había aparecido el Erebus. Los dos presentaban partes de la cubierta quemada, señal inequívoca de que los oficiales intentaron calentarse con los esqueletos de ambos barcos.

«Son fantasmas de hielo congelados en el tiempo», contó en su programa Íker Jiménez, acerca de los miembros de la fallida expedición. Sin embargo, ¿qué ha sido de los más de cien cuerpos que nunca han sido encontrados? Tobías Menzies, el actor que interpreta a James Fitzjames en «The Terror», también intenta explicárselo. «Más que una leyenda, esta serie va sobre el terror humano. Es interesante ver cómo un grupo tan numeroso de personas tuvo que intentar sobrevivir en un espacio tan pequeño, cómo lograron crear una sociedad en unas condiciones tan extremas. Y a una sociedad la marcan sus comportamientos... que en esas circunstancias, se volvieron incontrolables. Llevados al extremo, los hombres se vuelven bestias», explicó Menzies a ABC. El cuerpo de su personaje, como el de tantos otros, jamás ha sido encontrado.

Fue más de cincuenta años después de la desaparición de la Expedición Franklin cuando se descubrió el anhelado Paso del Noroeste: entre 1903 y 1906 por el navegante noruego Roald Amundsen. Siempre y cuando no se tenga en cuenta la última teoría surgida en relación al lugar exacto en el que se encontraron, en el fondo del mar, los pecios de Erebus y Terror, muy cerca de la localización exacta del paso y no tanto del Estrecho Victoria, donde encallaron. «Es poco probable que les arrastrara el hielo», matizó en este sentido John Geiger, director de la Real Sociedad Geográfica Canadiense. Con todo ello, piensen: ¿y si un grupo de esos supervivientes que marchaban hacia el Río Back dieron la vuelta, consiguieron volver a los barcos, desprenderse del hielo y encontrar el Paso del Noroeste antes de desaparecer para siempre? ¿Y si fueron ellos, y no Amundsen, quienes lograron encontrar, con sus últimas fuerzas, la ruta más rápida entre Asia y Europa?