Entrevista

John Vorhaus: «No es necesario estar loco para hacer comedia, pero ayuda»

El guionista de clásicos como «Matrimonio con hijos» y «Los primeros de la clase» es conocido por su libro de ayuda «Cómo orquestar una comedia», aún vigente tras dos décadas de su originaria publicación

John Vorhaus durante su clase maestra en Madrid
John Vorhaus durante su clase maestra en Madrid - Luis Camacho/SGAE
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John Vorhaus se ha hecho célebre por recetar «Cómo orquestar una comedia» (1994), un libro que se ha convertido en fuente de información e inspiración para escritores de ficción de cine y televisión durante más de 20 años. Guionista de clásicos como «Matrimonio con hijos», «Los primeros de la clase» y «Flash, el relámpago humano», el estadounidense también ha sido cocreador de los dramas sociales «Sexto Sentido» y «Contracorriente» en Nicaragua. Con motivo de la clase magistral que dio en Madrid el pasado miércoles 19 de septiembre –organizada por la Fundación SGAE– el diario ABC tuvo la oportunidad de conversar con John Vorhaus para orquestar una entrevista sobre los secretos del arte de hacer reír.

P - Su mantra en «Cómo orquestar una comedia» es «la comedia es dolor y verdad». Para aquellos que no han leído su libro, ¿qué significa?

R - Algo que no es divertido para el personaje que lo está viviendo, sí lo es para la gente que lo está viendo. Uno tiene a un personaje cómico que se resbala con la piel de un plátano y se cae, o a una persona impaciente, atascada en el tráfico; no lo están pasando bien, pero los espectadores sí. Sin embargo, ¿cuál es la diferencia entre reírse de y reírse con? Es cuestión de estar a salvo, prudentemente distante de la persona a la que le está pasando algo malo.

P - Publicó «Cómo orquestar una comedia» en 1994, ¿ha cambiado la comedia, la manera de hacerla, en veinte años?

R - Las reglas básicas son las mismas. Sí ha cambiado mucho la manera en la que la televisión aborda la comedia: existe una tendencia a una narración cada vez más rápida. Cuando yo estaba creciendo, lo normal era tener una única historia lenta y distendida durante media hora de televisión. Hoy día, con una serie como «Modern Family», hay cuatro o cinco historias desarrollándose y escenas que no duran más de un minuto. Asi que el ritmo ha aumentado, pero lo fundamental de la comedia –verdad, dolor y crueldad– no ha variado: nos sigue gustando ver a gente sufrir.

P - ¿Por qué cree que el ritmo ha aumentado en televisión? ¿Ha sucedido tanto en comedia como en drama?

R - En ambos géneros. Lo que ocurre es que la audiencia se acostumbra a un ritmo determinado. Una vez que los espectadores se acostumbran a él, ya no están satisfechos y necesitan un ritmo más rápido, y así sucesivamente. Mira lo que está pasando ahora con internet y los dispositivos portátiles: la atención de la gente ha sido reducida a microsegundos y «si no puedes entretenerme en este instante, me voy a otra cosa». ¿Recuerda «2001: Una odisea del espacio»? Cuando la vi por primera vez en el cine, pensé que era una película magnífica, fascinante y épica; pero pocos años después, teníamos «Star Wars», que era mucho más rápida e intensa. Asi que cuando el público de «Star Wars» veía «2001», decía: «¡No me puedo creer lo lenta que es!». En antropología, existe la «amnesia geográfica», la cual dice: si cortas todos los árboles en tu zona, pronto olvidarás que había árboles allí. Creo que sucede lo mismo con la audiencia: rápidamente aceptamos como norma a lo que estamos expuestos.

P - Coescribió el documental «Misery Loves Comedy» («La desgracia ama la comedia») y su tesis es: ¿Tienes que ser un desgraciado para ser gracioso? Hoy día, están de moda «Louie», «Morir de pie», «One Mississippi»...

R - Uno no tiene que estar deprimido para hacer comedia, pero creo que para muchas personas –y este documental así lo demuestra– es la manera de afrontar su tristeza. Una vez, escuché a un cómico decir «Es como si el público pagara para ser mi psiquiatra» y lo único que tienes que hacer es contar tus secretos más oscuros para sentirte mejor. Pero hay muchísimos comediantes que tienen estilos de vida saludables... No es necesario estar loco, pero ayuda.

P - En el libro, habla de hacer humor sobre el comportamiento de hombres y mujeres. En tiempos de desmedida corrección política, ¿continúa siendo posible?

R - Como creador, y profesor de guion y comedia, diría: «Nunca te corrijas a ti mismo. Esa es la responsabilidad de otra persona». La comedia empieza donde la tolerancia acaba. Si uno empuja la gente a un punto en el que empiezan a sentirse nerviosos sobre algo –relación entre hombres y mujeres, discapacidades, homosexualidad, religión–, esta tensión puede explotar en forma de risa. En lo que respecta a la correción política, toda sociedad en todo momento, tendrá sus normas. Estas normas cambian de un lugar a otro, y de una época a otra. Un cómico hábil es aquel que observa las normas de la sociedad contemporánea y se pregunta: «¿Dónde está la frontera entre lo admisible y lo no admisible?». Hace 50 años en Estados Unidos, hubiera sido un escándalo bromear sobre una pareja no casada teniendo sexo.

P - Algunos cómicos son célebres porque cruzan dicha frontera en demasía...

R - Ayer pasé un buen rato en el Museo Thyssen... Todo artista en aquel museo tuvo que preguntarse «¿cómo usar las técnicas disponibles para traspasar los pensamientos al lienzo?». Es lo mismo que con los cómicos: cada uno tiene su propio estilo. Puede que tu estilo sea muy suave, amistoso y familiar, o muy provocador como el de Andrew Dice Clay. Solo tendrás éxito siendo tu propia voz. Iré más allá y diré: la gente creativa sirve a un propósito mayor. Un escritor es un subersivo que utiliza el entretenimiento para instruir.

P - Habla de hacer humor sobre temas candentes como la muerte, el sexo y la religión. ¿Dónde está el limite?

R - Depende de la audiencia y las expectativas. En este caso, la pregunta es: ¿cuáles son mis objetivos? Si mi intención es hacer feliz a los espectadores, no les reto; si mi intención es hacerles infelices, entonces sí les desafío.

P - Escribió el guión de un episodio de «Matrimonio con hijos» en los años ochenta, ¿ha cambiado la sitcom familiar? «Modern Family» no es tan moderna...

R - Si observas la situación de la comedia estadounidense, casi puedes ver los cimientos. En los ochenta, teníamos «La hora de Bill Cosby», que era muy popular, pero muy prudente. Entonces llegó «Matrimonio con hijos» y dijo: «Queremos ser accesibles, pero no cautelosos así que argumentaremos contra la idea de Cosby». Argumentando contra ello, se creó la posibilidad de que otras comedias –también muy divertidas– fueran menos comedidas como «Seinfeld», una sitcom un poco más nihilista. Lo interesante es examinar la relación entre «Ellen», «Will & Grace» y «Modern Family». Cuando se presentó «Ellen», estuvo tres años en emisión antes de que su protagonista (Ellen DeGeneres) saliera del armario como lesbiana. Al esperar tres años, dejó a la audiencia enamorarse del personaje para luego ella darles aquella importante información. Fue muy peligroso. Lo interesante es que –aunque se manifestara como lesbiana–, ella no tenía citas ni sexo: era una lesbiana retórica. En aquella época en EE.UU. –ante todo, las mujeres homosexuales eran más aceptadas que los gays por los hombres–, «Ellen» creó la oportunidad para «Will & Grace» –ahora dos protagonistas masculinos gays– y «Modern Family», en la que los personajes hombres homosexuales son completamente normalizados en el sentido de que son presentados como estructura familiar.

P - Entonces, ¿cuáles son los elementos clave para triunfar en comedia televisiva?

R - Corazón es la clave. Si los personajes son el corazón de la historia y el público se preocupa por ellos, no es un gran problema hacerlos graciosos. Si la audiencia no tiene cariño a los personajes, no importa lo divertidos que sean: los espectadores no serán fieles a la serie porque no lo son a los personajes. Puedes ver cómo una serie con un humor conservador («slim comedy») tendrá éxito porque la audiencia quiere mucho a sus personajes, mientras que una comedia más bruta («broad comedy») se topará con dicho desafío porque para el público es difícil involucrarse. Pienso en la tradición británica de hacer sitcoms con personajes difíciles de gustar, no solo «The Office», también «Los jóvenes» («The Young Ones»). Pero los británicos tienen una alta tolerancia para ver en acción a un desastre («trainwreck») mientras que los estadounidenses ninguna.

P - ¿Cree que es tan extremo?

R - Sí, pero no. En el mercado televisivo de hoy día –especialmente el de Estados Unidos– hay muchos nichos y rincones, por lo que hay espacio para todo, inclusive personajes que no gustan. «House of Cards» es un ejemplo de personajes difíciles de gustar, pero completamente absorbentes de ver. Cabe mencionar que «House of Cards» se estrenó en Netflix cuando era una plataforma muy limitada –ahora es más grande–, pero en aquella época uno tenía que tomar la decisión de contratar Netflix y llegar a la serie; debido a ello, los programadores podían crear un material diferente. En medios de comunicación, se habla de la distinción entre «push media» –televisión tradicional que uno enciende y siempre hay algún contenido en antena– y «pull media»–como Showtime o HBO donde tienes que pagar por el contenido–. A grandes rasgos, se juega más sobre seguro en la televisión tradicional porque no se desconoce quién está al otro lado.

P - ¿Cree que la comedia es el espejo de una sociedad o un país?

Tanto la comedia como el drama. La televisión, en general, es un espejo que la sociedad sujeta frente a sí misma, pero no es un reflejo completamente exacto. No solo cuenta dónde está la sociedad, sino también hacia dónde se dirige. Por ejemplo, hice una serie en Nicaragua llamada «Sexto Sentido» cuya idea era enseñar a los jóvenes nicaragüenses a preocuparse por ellos mismos y practicar sexo seguro.

P - La comedia, al igual que el drama, puede criticar y denunciar...

La comedia tiene la ventaja de desarmar a la gente con humor. Si les haces reír, es más fácil colar tus pensamientos. Pero el drama funciona de la misma manera: el género zombi habla a los espectadores de sus miedos más oscuros. Toda narración alumbra la experiencia humana.

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