«Las chicas del cable», la fórmula del éxito disfrazada de época

Pese al salto cualitativo que han experimentado las series españolas, casi cada una de las nuevas ficciones recuerda al pasado. «Las chicas del cable» no iba a ser menos y bebe de una fuente directa: «Velvet»

Nadia de Santiago, Maggie Civantos, Ana Fernández y Blanca suárez protagonizan «Las chicas del cable»
Nadia de Santiago, Maggie Civantos, Ana Fernández y Blanca suárez protagonizan «Las chicas del cable» - Netflix
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Pese al salto cualitativo que han experimentado las series españolas, casi cada una de las nuevas ficciones recuerda al pasado. En su forma, en la temática, en la construcción de las tramas, y también de los personajes. La fórmula del éxito ya la descubrieron algunas como «Velvet», y las actuales no hacen más que disfrazar nuevos contenidos explotando una estrategia que ya saben que funciona.

Algo así sucede en «Las chicas del cable», la primera serie española producida por Netflix. La ficción de la plataforma internacional recupera el ambiente, de época, y los decorados, ahogando casi todas las escenas en lugares cerrados. Moderniza la música, mucho más actual que la de los años veinte en una evidente licencia creativa, y el vestuario, poniendo cuidado en cada detalle para estilizar y hacer más atractivas a las protagonistas; da más prioridad a los personajes que a las tramas, que constituyen un mero trámite para justificar las relaciones de los personajes y su devenir en el contexto, y vuelve a recurrir a una fórmula infalible en el medio catódico, un nostálgico triángulo amoroso que lleva al espectador a los años de «El Internado» y que sirve, a su vez, para romper la brecha entre clases sociales tan patente en la época en la que se ambienta la serie.

El misterio tampoco falta en «Las chicas del cable», pero carece de peso real, siendo un mero canal para engrasar sus tramas y hacer que fluyan. No inquieta ni apenas intriga, solo es dócil para dar coherencia a un argumento que, aunque original y entretenido, da pocas sorpresas.

Además del poderío visual de la ficción, la gran baza de «Las chicas del cable» está en sus protagonistas. No solo por reivindicar la independencia de la mujer en una época en la que el papel femenino estaba supeditado al de los hombres y enclaustrado en las casas, sino por las grandes interpretaciones que ofrecen los personajes principales, pero también los secundarios, en la primera incursión de Netflix en España.

Contrastes

Blanca Suárez, que encabeza el reparto, representa la madurez de una generación. Desde que apareció en «El Internado», hemos asistido a la evolución profesional de una actriz que ha sido cortejada desde su debut por pesos pesados del cine nacional. Con su papel en «Las chicas del cable» vuelve la cabeza a sus orígenes, y da vida a Lidia, una joven curtida a la fuerza en un mundo siempre —cómo no— hostil, sombría y rebelde, y cuya dura coraza parece tan solo eso, un mecanismo para defenderse.

Supervisora del trío de telefonistas, una inmensa pero sutil Maggie Civantos rompe con la sexualidad que ya explotó en «Vis a Vis» y se asfixia ahora en su fragilidad de esposa devota y sumisa. Más que correcta está Ana Fernández en su sacrificio por la independencia y, sobre todo, Nadia de Santiago, que interpreta a una atolondrada y poco experimentada pueblerina que se pierde en la inmensidad y en las tentaciones de la capital.

Un siempre impasible Yon González y un simpático Martiño Rivas completan el cartel de protagonistas, auspiciado por secundarios de lujo como Ana Polvorosa, demostrando versatilidad y desmarcándose de sus otros papeles, y Concha Velasco, la voz de la experiencia, cuya incursión es breve, pero siempre llena la pantalla.

De todas formas, pese a los defectos y similitudes, pese a la enésima vuelta de tuerca de una fórmula ya conocida, «Las chicas del cable» da lo que promete, y engancha. Sabe emplear el cliffhanger al final de los episodios, y dejar con ganas de más. Se disfruta del tirón, llamémoslo algo así como placer culpable.

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