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Vuelve «Twin Peaks», el origen de la edad dorada de las series

La serie de David Lynch cambió la forma de entender la pequeña pantalla. Los espectadores pasaron de ver al «Equipo A» o «Se ha escrito un crimen» a seguir una producción compleja e inteligente

Vuelve «Twin Peaks», el origen de la edad dorada de las series
¿Quién mató a Laura Palmer?
¿Quién mató a Laura Palmer?

Ser el padre de algo no es lo mismo que ser su creador. Los hermanos Lumière inventaron el cine, pero están lejos de ser los padres de nada que nos llegue hoy a la gran pantalla. De la misma manera, David Lynch no inventó las series, pero sí es el padre de la narrativa que tienen las producciones de nuestros días. Todas las grandes series beben ineludiblemente de «Twin Peaks». O lo que es lo mismo: no es la tecnología, es el dominio de la técnica y su lenguaje el que da la paternidad al personalísimo director.

Antes de la llegada de David Lynch a la pequeña pantalla, todo era muy diferente. Se ve en el tipo de programas que triunfaban: en «Se ha escrito un crimen», la señora Fletcher resolvía un asesinato en sus ratos libres cada capítulo; en «El coche fantástico», el personaje de Michael Knight interpretado por David Hasselhoff evolucionó menos que KITT; «El equipo A» siempre se cerraba con el bueno del coronel Smith fumando un puro porque los planes salían bien… y así con «Colombo», «MacGyver» y tantas y tantas series de la época. Todas con capítulos autoconclusivos, personajes sin evolución y con un estilo visual clásico. Es decir, que al espectador le daba igual llegar a la serie en el capítulo uno que en el 32: todos eran iguales.

La llegada de «Twin Peaks» cambió todo… Aunque fue un proceso lento. La primera vez que se oyó hablar de Laura Palmer fue en el estreno de la serie, en 1990. En la pantalla de la época triunfaba «Se ha escrito un crimen», que duró hasta 1994 o «Los vigilantes de la playa», que se estrenó en 1989. Esos eran los competidores. Y a ese público se dirigió David Lynch, un director con un estilo tan propio como difícil de acceder, y que sin embargo supo llegar a la audiencia ofreciendo un producto complejo entre la simpleza.

Una propuesta que enamoró al público. El capítulo piloto, de dos horas de duración, fue el más visto de la temporada con un 33% de cuota de pantalla. Millones de americanos se sentaron delante del televisor para descubrir un mundo nuevo de posibilidades. Ante sus ojos tenían algo nunca visto. Series en las que los personajes evolucionaban a cada paso, donde no había buenos ni malos, y donde la trama iba avanzando con cada capítulo. Un concepto narrativo que chocaba con lo que hasta ese momento había.

Pueblo pequeño, infierno grande

Los americanos se toparon con un pueblo maderero tradicional, típico, de esos en los que nunca pasaba nada; y que sin embargo tenía un inventario de habitantes singulares, con multitud de prismas, oscuros. Un lugar donde las apariencias tapan la realidad. Donde las miserias se ocultan bajo las sonrisas amables al vecino.

«Un hombre sabio me dijo una vez que el misterio es el ingrediente esencial de la vida por el siguiente motivo: el misterio causa asombro, y este despierta la curiosidad, que a su vez es la base de nuestro deseo de entender quiénes y qué somos en la realidad». Esta frase, extraída del libro «La historia secreta de Twin Peaks», resume el sentido de los misterios del pueblo y la serie. Un lugar donde lo que menos importa es la pregunta que siempre se hace: «¿Quién mató a Laura Palmer?».

El capítulo piloto, de dos horas de duración, fue el más visto de la temporada con un 33% de cuota de pantalla.

Y es que los espectadores, por primera vez, fueron tratados como adultos. Antes, hasta un niño que veía una serie sabía quiénes eran los buenos y los malos (como parodia «Futurama» con Flexo, al malo se le ponía un bigote, una perilla, una chaqueta de cuero o directamente un acento extranjero). Pero la vida es más compleja, con grises. Y Lynch lo llevó a «Twin Peaks» y de ahí al resto de las series, donde esta idea se sublimó en «Los Soprano». El espectador ya no solo no odiaba al «malo», sino que empatizaba con él. ¿Quién no podría querer a Tony Soprano?

El plan de Lynch tuvo recompensa. La audiencia comprendió que para descubrir todas las esquinas de una trama compleja necesitaba recurrir a la pequeña pantalla y no tanto al cine. La caja tonta se hacía inteligente con la llegada de nuevas producciones: «Expediente X», «Oz», «The Wire», «Los Soprano», «Perdidos (Lost)»... La HBO y después Netflix. Todo hasta llegar a esta «edad dorada de las series» comenzó en los pequeños ojos de David Lynch.

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