«La vida y nada más» de un español en el corazón del gueto

Antonio Méndez Esparza, profesor en la Universidad de Florida, cuenta con elegancia y contención el drama de un joven afroamericano que no puede ni quiere luchar contra su destino

Andrew Bleechington y Regina Williams protagonizan la cinta española «La vida y nada más»
Andrew Bleechington y Regina Williams protagonizan la cinta española «La vida y nada más»
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«The Wire» dejó un punto sin tratar en el poliédrico retrato que David Simon hizo de la juventud afroamericana condenada a un destino contra el que pocos parecen luchar: las madres de esos adolescentes cuya madurez oscila entre la cárcel o la muerte. Tópicos de los que huye Antonio Méndez Esparza en «La vida y nada más». Este madrileño se fue hace cinco años a Florida, a dar clase en la Universidad -«me salió la oportunidad y me fui en barco con mi mujer embarazada»- y decidió contar en pantalla lo que veía en las calles. «Tengo que hacer películas cerca de donde vivo porque me interesa acercarme a realidades que no conozco del lugar, por eso utilicé actores no profesionales, porque ellos me pueden iluminar», cuenta el cineasta, licenciado en Columbia.

«La vida y nada más» narra la historia de un joven cuyo padre está en prisión por traficar. Todo su entorno, que vive en un barrio difícil, aunque no un gueto como el que acostumbramos a ver en cine, le presiona para que no siga ese camino. «La educación es lo único que tenemos que no nos pueden quitar», le dice uno de los muchos consejeros que le visitan en la escuela. Una presión social que se rompe en cuanto se junta con otros chicos de vidas desestructuradas. Apenas una escena de treinta segundos, la más corta del filme, y la pandilla ya planea un hurto. Ninguno quiere apartarse de lo que parece ser su destino.

Ese determinismo que parece abocar al infierno a los jóvenes que acompañan al protagonista es una de las ideas que sobrevuelan la cinta. Pese a ello, Esparza no muestra a jóvenes traficantes, ni violencia explícita. Tampoco la idea de «barrio destruido» por la pobreza y las drogas. «Si ves dónde viven es un barrio hasta bonito, con farolas, árboles...», relata. «Quería contar la historia de una sociedad que aprieta y presiona sin darse cuenta. Quería huir del prototipo de los narcotraficantes», dice antes de desgranar una de esas presiones casi invisibles que planean: uno de los consejeros que «ayuda» a los chavales les da una charla motivante. Emociona al espectador, pero no a los estudiantes, anodinos y con la mente en otro lugar: «Conozco a tu padre. No sé quién es él, ni quién es tu familia, pero sí sé dónde está y lo que le ha pasado», les arenga para no acabar en la cárcel, muertos o en la droga, «vuestras tres salidas si no cambiáis».

Negros y blancos

En la distancia, desde la comodidad de una España sin conflictos raciales, destaca el choque entre negros y blancos de la sociedad americana. Aunque el filme no se deja arrastrar por los tópicos. «Me dije, no voy a hablar de raza, voy a hablar de clases, que es un concepto más europeo. Por eso, en uno de los muchos trabajos temporales de la madre, sus compañeras son blancas y con tantas necesidades como ella. Pero es inevitable que al final se evidencie el problema racial», asevera Méndez Esparza.

Así llega a una de las escenas más potentes del filme, incluso a una de las más potentes del cine español este año (sí, «La vida y nada más» puede competir por el Goya). Son varios minutos de una tensión soterrada casi con aire de western: «Es la única escena donde se nota la mano del director, donde di instrucciones los tres días que tardamos en rodarla y en la que tenía miedo de que no fuera tan verosímil». El protagonista, Andrew Bleechington, tras discutir con su madre y su padrasto recorre la ciudad a pie en una sucesión de planos epatante por su simpleza. El viaje termina en un parque público de una zona residencial privada. Allí, una joven pareja blanca disfruta viendo jugar a su niño de unos cinco años. Andrew se sienta de espaldas a varios metros de distancia. No les mira, ni siquiera está cerca. Pero su presencia lejana, casi como una sombra, les intimida. Destroza la «tranquilidad de los suburbios». El padre empieza a ponerse nervioso al verlo. Andrew es una estatua. La mujer insiste a su marido para que vaya a ver si es una amenaza real. «Vete a un parque de tu barrio, este no es tu sitio». Andrew no dice nada. No hace nada... La violencia es unidireccional. Y todo explota, sin sangre y sin pelas, sin atisbo de agresividad. Solo un adolescente temeroso.

Mientras todo sucede, la madre acumula horas extra para pagar una vida que no puede vivir, y cuando logra armar las piezas familiares con una nueva relación, el «entorno» vuelve a destrozar todo. Pero en cada una de las muchas secuencias en las que la madre habla con su entorno se vislumbra un amor por su hijo que solo desaparece cuando ambos se encuentran y su relación se basa en gritos y discusiones.

Un español en medio de todo

Antonio Méndez Esparza ha logrado con esta película un pequeño milagro, un hito difícil de cuantificar. Una película rodada en las calles de Florida, con capital español, con un equipo de 19 personas –varios de ellos estudiantes a los que da clase– y con actores no profesionales. Y así elabora un filme que acumuló aplausos en el Festival de Toronto, en el de San Sebastián y que ha sido nominada en los Spirit Awards (los Oscar del cine independiente) en dos categorías, mejor película de menos de 500.000 euros y actriz protagonista.

Pese a todo, aún no ha encontrado distribuidor en EE.UU. porque, como reconoce el director, las ofertas no caen del cielo. «Si quisiera hacer carrera en Hollywood tendría que ser activo y buscar productores… De momento vivo en mi pequeña cueva», cuenta divertido sobre su filme. ¿Y sobre volver a España a trabajar? «Si vuelvo me gustaría rodar Juego de tronos», dice a carcajada límpia uno de los tipos más singulares, únicos e interesantes del panorama español.

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