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«Uncle Howard», la búsqueda del cineasta olvidado en «el búnker» de la contracultura

El sida arrebató al director Howard Brookner la posibilidad de triunfar en una industria en la que se había hecho un hueco. Su sobrino presenta un documental que sigue las huellas de un director que entró hasta el corazón de la casa de William S. Burroughs, el gran poeta de la Generación beat

Howard Brookner y William Burroughs durante el rodaje de «Burroughs: The Movie»
Howard Brookner y William Burroughs durante el rodaje de «Burroughs: The Movie» - ABC

Nueva York era en los años 70 un lugar oscuro para vivir. Las tensiones raciales marcaban a una ciudad golpeada por la violencia callejera. Además, el legado de drogas que dejó la revolución hippy llenó las calles de jóvenes dedicados al robo y la delincuencia. Y el sida, temido y ocultado, iba desplegando su terror silencioso. Claro que la Nueva York de los 70 y 80 era también el epicentro creativo, el lugar donde había que estar. Un lugar mágico en el que no era difícil que en un apartamento de Manhattan se juntaran Andy Warhol con Jim Jarmusch y Allen Ginsberg.

Muchos de esos hombres y mujeres pasaron por delante del objetivo Howard Brookner, un joven director que empezaba a hacer carrera en la industria cuando el sida le arrebató el sueño. Hoy desconocido y olvidado por el gran público, en sus primeros años pudo rozar las mieles del cine de la mano de algunos de los más grandes. Al mismo tiempo, los poetas le abrían camino en una ciudad donde todo estaba por probar y por hacer.

Hoy desconocido y olvidado por el gran público, puso su cámara frente a Allen Ginsberg y Burroughs para que juntos recitaran «Howl»

Brookner entró al corazón de William S. Burroughs, uno de los mayores exponentes de la Generación beat pese a que siempre renegó de la etiqueta. A Burroughs le interesó ese joven guapo que, pegado a una cámara, se iba comiendo el mundo. Tanto es así que le permitió acompañarle durante cinco años de su vida para rodar «Burroughs: The Movie». Cinco años en los que caminó a sus anchas por «el Búnker», el apartamento de Burroughs en el barrio de Bowery donde el mundo de la cultura se reunía. Cinco años donde conoció a Brad, el amor de su vida. Cinco años donde puso su cámara frente a Allen Ginsberg y Burroughs para que juntos recitaran «Howl» en lo alto de una azotea. Cinco años en los que pudo conocer a nombres destacados de Hollywood que confiaron en él para dirigir a Mat Dillon y Madonna en «Noches de Broadway» cuando ya el sida le había consumido. Y al final, la muerte.

«Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura. Hambrientas, místicas, desnudas». Ginsberg y Burroughs recitan juntos el famoso arranque de «Howl» mientras Howard los filma. Ginsberg besa la cabeza del autor de «El almuerzo desnudo», que se queda sorprendido al escuchar «místicas» en lugar de «histéricas». «Encontré el manuscrito original y decía 'hambrientas, místicas y desnudas'. Quité 'místicas' y puse 'histéricas'. 'Hambrientas, histéricas y desnudas'», responde el propio Ginsberg. El mundo entero, los jóvenes que despertaban tras el letargo de la posguerra, recitaron siempre el «Hambrientas, histéricas y desnudas».

Algo real

La vida de Howard Brookner pasó rozando la vida que evoca el fragmento de «Howl». El documental «Uncle Howard» narra la apasionante, breve e intensa existencia de un joven homosexual en una familia judía a la que le costó aceptar su condición por dos motivos: uno egoísta –según cuenta su madre– por algo tan banal como que sus amigas la excluirían por no tener nietos; un segundo – más pragmático– por el miedo a los ataques que pudiera recibir su hijo. Las peripecias de un niño judío al que le prepararon toda la vida para ser abogado pero que, a la hora de la verdad, sus amigos le convencieron para estudiar cine en la Universidad de Nueva York. Las locuras de un veinteañero, atractivo e inteligente, que se metió en el bolsillo a los últimos representantes de una contracultura que se iba diluyendo en la industria cultural americana.

Ahora, 30 años después, ese niño mira a través de los objetivos de las cámaras que Howard utilizó

«Uncle Howard» es un documental de una búsqueda: la de Aaron Brookner sobre el legado de su tío en el archivo que cogía polvo todavía en «el búnker». Pero también es un documental sobre los lazos que nos unen a la vida y a la infancia. Un camino que comenzó cuando Howard grababa con su cámara a un niño rubio de 5 años. Ahora, 30 años después, ese niño mira a través de los objetivos de las cámaras que Howard utilizó y revisa las cientos de horas de metraje que grabó. El documental es también una historia de aceptación, no personal, sino de las propias trabas que pone la vida. Como cuando Howard, ya muy delicado de salud, decide dejar de tomar la medicación contra el sida para gastar su último gramo de fuerza en la que será su película póstuma. O como cuando su madre, que piensa que su pequeño Howard «se ha hecho gay» por la influencia de algún «viejo que abusa de él», descubre que en realidad el novio de su hijo es el guapo y aún más joven Brad.

En «Uncle Howard» las imágenes de los años 70 y 80 de Madonna, Frank Zappa, Patti Smith, Jim Jarmusch, Andy Warhol o Brian Jones se mezclan con grabaciones familiares de sus padres, abuelos y sobrinos en diferentes momentos. Y ahora, el sobrino vuelve a hablar con Jarmusch (que ejerce de guía) y con tantos otros directores y actores mientras introduce la voz de la familia que echa de menos no el talento, la forma de dirigir o la especial visión para grabar a dos poetas malditos, sino la mirada inocente del hijo que murió.

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