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Nostalgia de Azcona, o cuando la memoria construye un retrato de contradicciones

La Academia de Cine reúne a los amigos del guionista para recordarlo en el décimo aniversario de su muerte

Foto de familia en la Academia de Cine tras el homenaje a Rafael Azcona
Foto de familia en la Academia de Cine tras el homenaje a Rafael Azcona - EFE
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«Los guionistas son como las putas, se las paga para dejar satisfecho al cliente». Rafael Azcona describía así su trabajo, que no era otro que el de dar la materia prima a los directores, a los que siempre pertenecía la película. Una manera irónica, cargada de sorna y de verdad, con la que el guionista más importante de nuestro país cerraba los debates sobre la autoría del filme.

La Academia de Cine reunió ayer a algunos de los amigos más cercanos de Azcona para recordar su figura a los diez años de su fallecimiento. Un acto similar a esos homenajes tan típicos de los americanos en los que se cuentan anécdotas cargadas de humor sobre el protagonista. Solo que estamos en España, y el humor se torna nostalgia con el homenajeado muerto –mientras que a los vivos se les ignora, como se encargó de reprochar Carlos Saura– y todo acaba como una celebración del ayer. Un «Spain is Different» del que Azcona hacía gala cuando decía a un joven Trueba que «meterse a director en España es como si un americano de Wisconsin decide meterse a torero».

Mariano Barroso, presidente en funciones de la Academia tras el ictus que sufrió Yvonne Blake, arrancó el acto definiendo a Azcona como «el guionista brillante y el amigo humilde». Y por ahí fueron las intervenciones de los invitados, desde los Trueba (Fernando y David) hasta José Luis Cuerda, José Luis García Sánchez, Carlos Saura, Antonio Giménez Rico, Manolo Gutiérrez Aragón, Pedro Olea, Manuel Vicent, Juan Estelrich... Incluso la viuda del guionista viajó desde EE.UU. para comparecer en una sala repleta.

Un paseo por su literatura

Uno de los primeros en abrir fuego fue Fernando Trueba, con el que trabajó en «La niña de tus ojos», «El año de las luces» y la oscarizada «Belle Époque». El director leyó cuatro poemas al estilo japonés que Azcona llamaba «hakus», «kakus», «haika»... cualquier cosa menos «haikus» y que le pudieran tachar de pretencioso, algo que no encajaba en la «profunda normalidad» con que lo definió Trueba.

Y en esa normalidad vivió un artista que «leía el alma de los españoles cuando viajaba en autobús», en palabras del director general de la Academia, Joan Álvarez, que lamentó ver cómo una figura del tamaño de Azcona había sido olvidada por los que mandan: «Si hubiera nacido en otro país, en el décimo aniversario de su muerte harían varias docenas de homenajes y le pondrían su nombre a alguna calle, pero nuestros antepasados se creyeron a leyenda negra y nos acompaña el complejo de inferioridad», lamentó.

Entre el olvido de los políticos y la loa de los amigos avanzó el homenaje, que encontró en el director y guionista José Luis García Sánchez («Tirano Banderas») un momento de desbordante admiración cuando comparó a Azcona con Valle Inclán y el propio Cervantes. «Debería estudiarse en los colegios, es uno de los literatos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país y solo comparable a los grandes de la historia como Valle y Cervantes».

Tuvo que hablar Saura para devolver las aguas a su cauce; suficiente poderoso es el río de Azcona como para abrir la presa de las exageraciones. «No hay que exagerar, que yo sepa solo ha escrito una novela», recordó serio el director de «¡Ay, Carmela!», que fue más allá. «Creo que Azcona es más complejo que todo lo que se está diciendo de su sonrisa y su humildad. Era profundo, serio, sentido... Atormentado y costumbrista», recordó el maño sobre su colega de Logroño, que nunca subió a recoger el Goya de honor por su neurótica timidez. «Azcona nunca escribía un guión desde cero, le contabas una historia y si le gustaba, lo escribía [lo que les pasó en Peppermint Frappé]. Además, él se convirtió pronto en el hijo predilecto de Marco Ferreri. Si no hubiera sido por el director italiano igual hubiera sido todo diferente...». Más tarde, David Trueba defendió que Ferreri le debía más a Azcona, o al menos lo mismo que al revés.

«Qué bien fluyen los elogios sobre la piel resbaladiza de los muertos» – Manuel Vicent, escritor

La emoción de José Luis Cuerda

La nota emocionante la puso Cuerda, que habló con dificultad desde el escenario. El cineasta narró sus primeros años con él y contó alguna anécdota que tuvo que cortar cuando se puso a llorar. «Tengo 71 años y no hay día que no llore. Hoy ya he llorado, si veis que lo vuelvo a hacer, perseguidme por las calles y llamadme flojo...»

Fue la nota tragicómica que hacía falta para lanzar los sentimientos desde las vísceras a la epidermis. Y desde ahí todo fluyó con la alegría que permite recordar solo lo bueno y desperdiciar lo que alguna vez dolió. Ni el escritor Manuel Vicent, que aseguró con pose de descreído que Azcona no hubiera permitido un homenaje así, pudo variar el rumbo del homenaje: «Qué bien fluyen los elogios sobre la piel resbaladiza de los muertos», disparó, para después hablar de los zapatos del guionista, unos zapatos toscos que «nunca pisaron mierdas ni charcos peligrosos».

Tuvo que llegar Trueba, David, para terminar por todo lo alto. Primero explicó a los jóvenes cineastas que Azcona no creció interesado en el cine, sino que lo estaba por la literatura, y que quizá por eso sus referencias siempre eran de la vida y no del propio cine («un arte que tiene tendencia a mirarse el ombligo»). Y contó una anécdota que explica de dónde surgía la inspiración y las escenas geniales del guionista, como aquella vez en la que tras un entierro fueron a plantar una encina con las cenizas de un viejo amigo y ninguno de los presentes tenía nada para hacer un agujero en la tierra... Hasta que una monja de ochenta años, familiar del finado, sacó una navaja de proporciones casi bíblicas para cavar. Trueba, entre risas, contaba cómo Azcona le daba codazos «alucinado»: «Ves, esto es lo que te da la vida que ante una hoja en blanco no puedes imaginar. ¿Para qué quiere una monja una navaja así? ¡Por las violaciones!», y las risas lo ocuparon todo. Había tal ambiente de feliz nostalgia que hasta Trueba se encargó de revelar el preciado secreto que su amigo le confió una vez: «El sentido de la vida es desayunar».

Rafael Azcona, por A. Heras
Rafael Azcona, por A. Heras - Academia de Cine