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Milos Forman: humor contra las mayores tragedias

Defensor a ultranza de la libertad individual, empezó dirigiendo comedias y nunca abandonó el género del todo

Jack Nicholson en «Alguien voló sobre el nido del cuco» - Vídeo: Muere el director Milos Forman, ganador del Oscar en dos ocasiones (EUROPA PRESS)
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Milos Forman no tuvo una vida fácil. Su padre murió en el campo de Buchenwald y su madre, que no era judía, en Auschwitz. El cineasta contaba una vez, casi como si fuera un chiste, que a lo largo de su vida había conocido seis o siete sistemas sociales y culturales diferentes, incluidos el régimen nazi, el estalinista y el comunismo reformado, antes de disfrutar (y sufrir un poco) el mundo libre. Superviviente nato, sus películas son una terapia contra las distintas formas de terror.

Sus primeras películas checas son, de hecho, comedias declaradas, al menos las mejores y más conocidas, como «Los amores de una rubia» (1965), que fue nominada al Oscar, y «¡Al fuego, bomberos!» (1967), estrenadas en el breve soplo de libertad que vivió el país en el resquicio que dejaron Hitler y Stalin. La segunda sería la última de Forman en su tierra natal. La entrada de los tanques en Praga y el fin de la Primavera lo pilló bucando localizaciones en París, de donde ya no volvió.

Su primera película en inglés fue otra comedia. «Juventud sin esperanza» (1971), que tiene a Jean-Claude Carriere en el equipo de guionistas, habla de hijos que huyen de sus padres. Ganó en Cannes el Gran Premio del Jurado. El salto a Estados Unidos no había mermado el talento ni el sentido del humor del cineasta, que sin embargo tardó cuatro años en completar su siguiente largo, la sensacional «Alguien voló sobre el nido del cuco», que pese a su origen independiente ganó los cinco principales Oscar. Jack Nicholson y Louise Fletcher fueron sus dos primeros actores en ganar el Oscar (el tercero sería F. Murray Abraham en «Amadeus»), de los ocho que consiguieron una nominación en sus películas.

Bajo su apariencia de dramón, la adaptación de la novela de Ken Kesey es un canto a la libertad cargado de humor. La tragicomedia empieza cuando el personaje principal (Nicholson) finge estar loco, sin demasiada dificultad, para librarse de la cárcel. Una vez en el manicomio, organiza una rebelión entre los internos. La fuerza arrolladora del actor nunca estuvo tan bien encauzada, perseguido por Fletcher y rodeado de secundarios épicos, como Danny DeVito en el papel del siempre agotado Martini, el apocado Brad Dourif y el gran jefe indio, Will Sampson.

Tom Hulce en «Amadeus»
Tom Hulce en «Amadeus»

La cinta biográfica «Amadeus» es otro gran ejemplo de cómo convertir el humor en el ingrediente principal de una historia que no parecía la más apropiada. Ya con un gran presupuesto detrás, superó su récord y ganó ocho Oscar. Para ello, Forman se olvidó del rigor histórico y permitió el lucimiento de sus actores, subrayado por una formidable banda sonora, como era de esperar. Su retrato de Mozart, interpretado por Tom Hulce como si fuera una estrella de rock, no resta profundidad al relato, sobre todo en la impresionante recta final, cuando Wolfgang Amadeus compone su Réquiem en una lucha frenética y fatal contra el tiempo. Salieri, hasta entonces un músico casi desconocido, al menos se hizo famoso.

Puede parecer un chiste que Forman rodara «Valmont» justo después el enorme éxito de «Las amistades peligrosas». Su visión, menos trascendente y pedante, pero también menos morbosa y con un reparto muy inferior, suple sus carencias con humor, como siempre. Probablemente no ha sido bien entendida.

Libertad ante todo

Milos Forman era, pese a sus grandes éxitos, un tipo humilde que miraba con especial cariño la figura del perdedor, un defensor del individuo frente a la institución, enemigo declarado de cualquiera que le dijera lo que tenía que hacer. Era también un maestro en elegir a sus colaboradores. Decía que un buen director es alquien que escoge a gente que es mejor que él. «Yo sé escribir, pero prefiero un guionista que lo haga mejor que yo. Quiero actores que actúen mejor que yo. Ingenieros de sonido que sean mejores que yo...».

En «El escándalo de Larry Flynt» salió en defensa de un tipo vulgar, perfectamente encarnado por Woody Harrelson, quien tampoco parece un ejemplo de refinamiento. Quizá tampoco fue muy bien comprendido. Es mucho más difícil y tiene más mérito que defender una causa con un protagonista como Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, por supuesto. Pero Forman quería decir algo sobre las libertades individuales más profundo (la cita se puede leer en IMdB): «Cuando los nazis y los comunistas llegaron a Checoslovaquia, declararon la guerra a la pornografía y a los pervertidos. Todo el mundo aplaudió: ¿quién quiere pervertidos por las calles? Pero entonces, de repente, Jesucristo era un pervertido, Shakespeare era un pervertido, Hemingway era un pervertido. Siempre se empieza con la pornografía a abrir un poco la puerta, que termina de abrirse del todo con toda clase de persecuciones».