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José Sacristán: «Tenemos una cosecha de actores jóvenes impresionante»

«Es muy interesante la combinación entre familia y tragedia griega que Miguel del Arco propone en Las furias»

«Yo nací en Chinchón, y eso curte, te crea callo y te prepara para la vida»

José Sacristán, en la presentación de «Las furias»
José Sacristán, en la presentación de «Las furias» - ISABEL B. PERMUY
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR Madrid - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Cuesta creerlo, sobre todo viendo cómo se mueve, su jovial manera de gesticular, su memoria de elefante, pero el caso es queJosé Sacristán tiene 79 años y casi todos ellos en escena: «¿Que qué hago para mantenerme así? Nada, ni deporte ni nada. Solo duermo bien y trabajo en lo que me gusta. Eso es fundamental».

Y tanto, el mítico actor acaba en televisión con «Velvet» al tiempo que estrena en la gran pantalla «Las furias», el primer filme del director de teatro Miguel del Arco, una película que toca temas tan fundamentales como el de la familia, el alzhéimer y los fantasmas personales que cada uno alberga dentro de sí: «Me pareció interesante la combinación, proponer un conflicto familiar con ecos condicionados por la tragedia griega. Y luego un conflicto familiar al uso. Ese equilibrio entre la cosa cotidiana y esa visualización de la tragedia griega me gustó mucho».

Como no podía ser de otra forma, el origen de Miguel del Arco está presente en toda la película, que tiene un tono muy teatral en sus formas: «Se nota para bien. Yo soy un loco de las películas de Joseph Leo Mankiewicz, sobre todo "Eva al desnudo"», que tiene unos parametros que podrían remitir a un hecho teatral, pero resueltas cinematográficamente, como se ha hecho aquí, Era una apuesta arriesgada de Miguel porque ha transitado en una frontera de estilos pero ha conseguido que convivan con mucha cordialidad».

Sacristán encarna al padre de familia, un veterano actor que en los últimos años ha perdido el rumbo por un alzheimer galopante que le aleja de la realidad. Un papel complejo que podría llevar a un actor normal a pasarse de frenada. No es el caso. Es más, según el propio Sacristán: «Esa tentación siempre está ahí pero yo desde siempre he intentado trabajar en base a una economía de medios. De hecho, siempre me han tenido que decir "hombre, sube un poco", pero aquí no ha habido problema porque las indicaciones de Miguel fueron clarísimas».

El actor señala que realizar una película con un reparto coral como tiene este filme resulta «mucho más fácil cuando la nómina de actores es tan buena. Mire, yo tengo la suerte de tras 60 años de estar en esto compartir cartel con gente joven que viene demostrando que no se agota la cantera, ni muchísimo menos. Es más, en este momento hay una cosecha impresionante de actores y actrices jóvenes». Le decimos que tienen difícil igualar a la de su generación, pero Sacristán matiza: «Es otra cosas. La nuestra, por edad ha alcanzado un recorrido que esta gente aún no ha podido hacer. Hay que esperar pero ya tienen en su haber mucho, entre otras cosas porque la dinámica en la que ahora se mueve el teatro y el cine permite ejercicios de trabajo de actores muy interesante».

Las épocas son distintas, pero Sacristán tira de origenes para explicar su resistencia, su dureza y su buen hacer: «Hicimos lo que pudimos. Yo empiezo en meritoria general en los años 60 en el teatro Infanta Isabel. La primera actriz era Julia Gutiérrez Caba y ahí conozco a mi amigo-hermano Alfredo Landa. Eran siete días a doble función y esa forma de trabajar no permitía ni estudiar ni prepararse. De ahí la admiración cuando se habla de Carlos Lemos, Guillermo Marín, Luis Prendes, Mary Carrillo... Entonces vino el cine a rescatarnos. Ahora hay otros problemas pero hay otra dinámica de trabajo, gente con mucha preparación».

Al hilo de eso, Sacristán recuerda aquellos tiempos y dónde se encuentra ahora. Quizás nunca lo pensó: «Lo que sí he procurado es tener claro lo que significa ser actor en un país como este y he tenido maestros geniales, sobre todo Fernando Fernán Gómez, y lo que yo pensaba que podía dar de mí estar más o menos cercano a lo mejor que me podía pasar. Llevar 60 años aquí y estar donde estoy. Sin embargo, yo tengo que esto tiene que ver con haber nacido en Chinchón. Que sí, que ahora está muy bien pero entonces era Chinchón, que a lo mejor abrías un grifo y no había agua, y después a lo mejor había agua, y después, mucho después hasta agua caliente, pero mientras tanto mucho ajo y eso, amigo mío, endurece y crea callo, te informa de que la vida no es fácil. De que hay que espabilar en el Chinchón de los años 40. Y ahora ¿qué pasa? Otros tendrán otras aspiraciones pero yo... es que me he hecho un cine en mi casa y puedo ver las películas que quiero. Ya, ya sé que son gustos más o menos normales, pero es que yo he nacido en Chinchón...».

Sacristán no para, y se siente afortunado: «No me falta trabajo. Estoy con "Muñeca de porcelana", que me hace mucha ilusión, "Velvet" está funcionando muy bien y tengo ofertas de varias películas. Sí, creo que estoy en un gran momento. Haciendo el gráfico me sale muy bien. Llegar a este punto así, pudiendo incluso rechazar trabajo, pues fijese...».

Versátil y capaz de moverse en los tres medios (televisión, teatro y cine) con enorme facilidad, Sacristán piensa que los tiempos no están cambiando tanto como parece: «En televisión siempre se ha trabajado más rápido. Y el cine pues está igual que antes, con presupuestos más ajustados. Yo el único trabajo que he hecho con algo más de dinero, es en "Toro". Desde que hice "La familia y uno más", la precariedad ha sido siempre una constante, menos tres o cuatro, y he hecho ciento y pico».

El desastre de la cultura

Pero no todo son flores en el horizonte. A la hora de hablar de la cultura en general en España, Sacristán se vuelve sombrío: «La cultura en este país es un desastre, un desastre sin paliativos. Yo diría que es casi insultante la impunidad y la desfachatez con la que se produce el personal. Ya casi aburre, sobre todo cuando tienes 79 años como tengo yo. Resulta difícil aceptar esa indiferencia absoluta con la que manejan la cultura en este país». Al respecto, Sacristán cuenta una anécdota: «Mire, en Francia es imposible que pasara lo que sucede aquí. Cuando André Malraux destituyó a Henri Langlois al frente de la Filmoteca, ya hace tiempo de esto, París salió a la calle a protestar. En este país, no nos engañemos, si mañana se cerraran todos los teatros no pasaba nada, pero absolutamente nada. Es lamentable, y ese 21 por ciento de IVA... En realidad es que no hay Ministerio de Cultura. Está ahí metido con Educación y Deportes, pero en la realidad no existe».

A pesar de esto, anda el actor español ilusionado con su «Muñeca de porcelana» y no es para menos: «Vino el representante de David Mamet (el autor) al estreno y me dijo: "Yo le voy a decir al señor Mamet lo que he visto y es que desde mi punto de vista lo que usted hace en esta obra está mucho más cerca de lo que quería el señor Mamet de lo que hace Al Pacino en Broadway". De hecho, Mamet me mandó una carta muy cariñosa y me regaló una pulsera de plata con su nombre. Un gran detalle».

Lo curioso del caso es que Sacristán, después de todo lo ganado, de lo logrado, de estar considerado uno de los actores mitos de la escena española -número 25 del mundo según la AFI (American Film Institute), sigue manteniendo ese brillo ilusionado en los ojos: «Mire, le voy a ser sincero: yo estoy en esto por lo que tiene de juego. La base fundamental, el principio moral por el que yo me dedico a esto es el crío que juega a ser el ganster, el pirata, el mosquetero. Yo echo mano de eso todos los días. Mientras eso se dé, ahí voy a estar. Que la gente se ría, que algo les pase, y que con eso yo pueda pagar el recibo de la luz».

Con todo lo que le ha pasado, Sacristán no echa de menos los tiempos pasados: «Lo que echo de menos es que era joven, pero nada más. No reniego de ninguna de sus películas, al contrario, estoy profundamente agradecido a gente como los Ozores o Pedro Masó, Saenz de Heredia, gente que confió en mí». En el punto final de la entrevista, es el momento de acordarse del landismo, que pasó de ser un movimiento casi objeto de chanza a ser uno de culto, por las condiciones en las que se trabajaba en aquella época: «Para que vamos a engañarnos, hay algunas películas infumables pero, ojo, un momento, era mi medio de vida. Y sobre todo la relación de amistad y cordialidad que he disfrutado en aquellos tiempos era increíble. Vamos, los Ozores son como mi familia, aunque no coincidamos en nuestros planteamientos ideológicos, pero toda esa gente me ayudó mucho. El tiempo de esplendor en la hierba fue la transición que a algunos nos pilló en una edad buena e hicimos lo que pudimos. Así que no vengan ahora a tocar los cataplines con aquello. Había que estar ahí y ver quien tenía el tanque y quien tenía la pela y cómo había que negociar aquello».

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