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Festival de Cannes

El polaco Pawlikowski arrasa con la obra maestra «Cold War»

El director de «Ida» dedica a sus padres una demoledora y mágica historia de amor, música y vida

Pawel Pawlikowski, en la rueda de prensa tras la proyección de «Cold War»
Pawel Pawlikowski, en la rueda de prensa tras la proyección de «Cold War» - EFE
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Se acabaron las críticas al Festival, a sus horarios, intenciones y embargos. Ha vuelto a su lugar, al de mejor certamen de cine del mundo, y allí lo ha llevado la película polaca «Cold War», de Pawel Pawlikowski, una de esas obras que te arrebata hasta la última moneda suelta del bolsillo más íntimo. Pawlikowski ganó el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa con la inolvidable «Ida», y ahora consigue «taparla» con esta otra, una historia mucho más que romántica en la Polonia de después de la guerra y en el siempre nos quedará París de las vanguardias. En un blanco y negro demoledor, cuyos momentos, imágenes, planos, se merecen la emoción de verlos más tiempo aunque fuera colgados en una pared de Museo. Y con una música que va de íntegra a integrada y que resuelve sentimientos como lo hacía aquella de Preisner en el cine de Kieslowski, con quien tiene tanto que ver en lo esencial Pawlikowski.

La historia se la dedica el director a sus padres, probablemente porque hay en ella no solo biografía propia sino también todo ese ilusorio colorido con el que cada uno, si pudiera, si tuviera ese inusual talento, honraría la suya propia. La primera mitad es un portento visual y narrativo, en el que se cuenta el encuentro entre un músico encargado de un programa de coros y músicas tradicionales y una joven cargada con una hermosa voz y una gran experiencia en tragedias sociales y familiares (qué línea de diálogo cuando él le pregunta por qué mató a su padre: «Porque me confundió con mi madre y yo tenía un cuchillo para demostrarle la diferencia»).

La pareja protagonista, Tomasz Kot y Joanna Kulig, tan llenos de halo, de imán, provocan un irremediable efecto «Casablanca» empapado de otros materiales de construcción, el cemento del muro entre dos mundos y la imposibilidad de vivir de otro modo que entre reencuentros y adioses. Con cuánta autoridad y belleza narra Pawlikowski el amor rotundo y sincopado, entre un nocturno y jazzístico París, junto a esa imposibilidad de romper los muros…, y con cuánta sensibilidad y sutileza disuelve los líquidos individuales en una solución de pareja.

La precisión del plano y del sentimiento, el magistral control de lo que quieres decir, y cómo, y dónde y por qué, la conversión en zumo cinematográfico de la voz, la música, la presencia y la química de esos personajes, de esos actores, ese final portentoso, hacen de «Cold War» una obra mayúscula, mareante, apasionante y de (o para) cualquier época y lugar. Ahora es inimaginable que exista posibilidad alguna de ver aquí nada mejor, ni más lleno, premiable o digno de admiración.

No tiene ningún sentido hablar, tras Pawlinowski, de la peliculita francesa de Christophe Honoré, «Plaire, aimer et courir vite», que también salió a competir por la Palma. No hay nada en ella que tenga el menor interés cinematográfico, y aún menos después de ver en «Cold War» todo eso que convierte al cine en un lugar del que no se sale fácilmente, ni impunemente.

Y también era el día, o la tarde, de Godard y su última aportación al séptimo arte, «Le livre d’image», pero, por no poner a una avispa muerta a los pies del vitalísimo hormiguero emocional de Pawlikowski, casi es mejor dejarlo para la próxima entrega, junto a Jia ZhangKe y su filme traducido aquí como «Les éternels».