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Crítica de Me estás matando, Susana: Dos en la frontera

La película de Roberto Sneider, que dirige un título por década, destaca por su frescura y por tocar varios géneros sin agarrarse a ninguno

Verónica Echegui protagoniza «Me estás matando, Susana»
Verónica Echegui protagoniza «Me estás matando, Susana»
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Un pequeño sinvergüenza, tan bajito y tan canalla como puede resultar Gael García Bernal, que es mucho, se pasa la película persiguiendo a su mujer, quien trata de demostrarle que el adjetivo posesivo (ese «su») no es ni debe ser literal. Verónica Echegui, cada vez más versátil, está a la altura del carisma del actor mexicano y ambos –apenas hay un plano en el que no aparezca al menos uno– hacen más apetecible una película cuyo título podría espantar a un gladiador. Aunque peor era el de «Jo, que noche» (en castellano) y a Scorsese le salió una pequeña maravilla.

La película de Roberto Sneider, que dirige un título por década, destaca por su frescura y por tocar varios géneros sin agarrarse a ninguno. Es como la vida misma. No llega a ser una comedia, casi nunca es decididamente romántica –en todo caso no es nada ñoña– y le faltan kilómetros para ser «de carretera», aunque los protagonista viajan hasta Estados Unidos.

Ese mismo mestizaje se aplica a su mirada, más cínica que moral, más pragmática que idealista. Su crítica del machismo es tan suave como su forma de saltar el muro y probablemente no satisfará a los que esperaban una denuncia ni resultará cómoda a quienes deberían sentirse aludidos.

La adaptación de la novela de José Agustín «Ciudades desiertas» termina por ser «normal», casi sosa, y a la vez nada convencional. Justo ahí radica gran parte de su encanto. Las ajustadas interpretaciones completan la sensación de que, bajo su aspecto sencillo, en esta película hay más verdad y complejidad de las que aparenta.