«Blade Runner»: El futuro nos arrolló treinta y cinco años después

Ryan Gosling y Harrison Ford, que retoma su personaje de «Blade Runner», buscan replicantes en la secuela del clásico de Scott

Harrison Ford, en 1982 (el futuro de 2019)y en la actualidad (el futuro de 2049)
Harrison Ford, en 1982 (el futuro de 2019)y en la actualidad (el futuro de 2049)
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Treinta y cino años no son nada. O toda una vida. La que perdió el último Nexus 6 entre la lluvia en aquella azotea de Los Ángeles tras el discurso más recordado de la historia del cine y la que decidió vivir Rick Deckard (Harrison Ford) tras huir en el final de «Blade Runner», allá por 1982.

Hasta siete versiones de montaje dejó una película visionaria, iniciática y colosal que ahora, de la mano de Denis Villeneuve, viaja a un futuro más lejano donde la tecnología soñada por Ridley Scott sigue vigente. En 2049, Los Ángeles sigue siendo la inhóspita y terrible ciudad donde los replicantes y los blade runner se encuentran. El edificio piramidal de la Tyrell Corporation domina imperial el centro de la ciudad, la publicidad de neones gigantes interactúa con los viandantes y los desheredados que no pueden huir a las colonias conviven como pueden en una mezcla de razas y culturas. Sin embargo, mientras que en 2019 la mayoría era asiática, en 2049 los soviéticos capitalizan cada anuncio. Todo se mantiene: la atmósfera es tenue, irrespirable; la lluvia es perenne y los «pellejudos», como se conoce despectivamente a los replicantes, están proscritos. Los vuelos sobre la ciudad en los coches de policía parecen calcos de los originales. Hasta el sonido de los sintetizadores, en un perpetuo segundo plano, se mantiene; aunque sin la magia de Vangelis. El espíritu y la estética son los mismos, pero la envoltura, tanto tiempo después, no impacta como lo debió hacer en 1982.

No hay grandes efectos especiales en «Blade Runner 2049». Casi todo son set y decorados enormes, una muestra del esfuerzo por mantener la forma de trabajar que tuvo en la original Ridley Scott, que aquí hace de productor ejecutivo.

[Crítica de Blade Runner 2049]

Nuevos viajes

En el pase que la productora hizo para la prensa en Madrid, en la pantalla del cine se proyectó un mensaje del director pidiendo que no se contara nada de la trama. No quiere que el público llegue sabiendo algo de lo que le sucederá a los personajes. No haremos ningún «spoiler» si advertimos al espectador para que se fije con detalle en la primera frase que se escucha en el filme. Llega tras una espectacular secuencia en la que se ven los invernaderos de San Diego, donde se cultivan proteínas puras para el consumo. «Me he tomado la libertad de entrar, espero que no le moleste». Es toda una declaración de intenciones.

Y es que en «Blade Runner 2049» la prueba Voight-Kampff no existe. Aquel test rudimentario, que consistía en hacer preguntas hasta que el replicante delatara su falta de humanidad, se ha eliminado como se «retiraron» los Nexus 6. Los nuevos modelos llevan un código insertado en el ojo que se hace visible cuando miran arriba a la izquierda. Es la fórmula con la que el personaje de Jared Leto, el nuevo «dios» de los androides, convenció al gobierno de que debía levantar la prohibición y comenzara la producción de nuevos replicantes. Pero si algo demuestra la película, y en lo que hace énfasis, es que los errores del pasado siempre vuelven. No hay fórmula que evite la rebelión.

El tono de los colores marca la única diferencia visual entre una y otra película. Si la obra de Ridley Scott era oscura, la de Villeneuve es amarilla. Pero no lo puede ser cuando está en Los Ángeles, por eso viajan al desierto arenoso de Las Vegas. Sin desvelar los motivos de esa salida, sí se hacen evidentes los cambios estéticos: planos abiertos y escenarios reconocibles. Aquí se distancia el «Blade Runner» de Villeneuve del de Scott. Y hasta del propio discurso creado por ambos. También en la parte en la que el espectador conoce las instalaciones de Wallace Corporation. El futuro que siempre definieron como caótico es, dentro de las instalaciones, el paraíso de un diseñador escandinavo. Líneas rectas, luces que crean ambientes únicos, el agua como elemento arquitectónico... Es como si el edificio de Tyrell (donde Harrison Ford conoce a Rachael) hubiera sido remodelado en otro futuro.

Ryan Gosling es el Agente K
Ryan Gosling es el Agente K- ABC

El amor sintético

La historia de amor de Harrison Ford y la androide Rachael es una de las más frías y al mismo tiempo emocionales de la historia del cine. El cazarreplicantes ve la humanidad de ella tras descubrir que es un robot. En el futuro, Ryan Gosling vive enamorado de un holograma del mismo sistema operativo del que se enamora Joaquin Phoenix en «Her». No hay piel, ni siquiera sintética. Y aquí se descubre que Villeneuve mantiene la estética de Scott, pero no alcanza la profundidad de su mensaje.

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