Es noticia:

El banquillo de los cineastas veteranos

Cada año son más los grandes directores españoles que tienen la absoluta certeza de que ya nadie les va a poner a calentar en la banda

Mario Camus
Mario Camus - Óscar del Pozo
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

El cine español es un género en sí mismo, y tiene unas leyes y una lógica interna que, como el western, el musical, la ciencia ficción o cualquier otro género, solo pueden entenderse en su propio territorio: ni hay pasos de baile ni «indios» en una película de marcianos, ni hay naves espaciales en territorio comanche, ni hay cordura en el modo en el que se abren y cierran los prestigios entre los cineastas españoles. Aquí, se sabe que la primera película la hace cualquiera, con apenas dinero, con su propio ímpetu y con ese talento sobrante que se suele poner íntegro en las primeras obras. También se sabe que la segunda te mata: tuviste éxito con la primera, a duras penas pudiste hacer la segunda, ya desfallecido y con el talento temblón, y solo queda pedir la puntilla. Pero ha habido cineastas grandes en España que hicieron su primera película, y la segunda, y la tercera y muchas más hasta completar una filmografía abrumadora, cargada de éxitos y premios…, pues también se sabe que ese cineasta prestigioso al que admira el mundo entero y todos quieren honrar y premiar, llegado un momento, y cuanto antes mejor, no podrá hacer más películas.

Cada año aparecen nuevos directores llenos de ideas, fuerza y frescura, y cada año desaparecen otros tantos que no pudieron sobreponerse al éxito de su primera película y al fracaso de la segunda. Y cada año son más los grandes directores españoles que están en el banquillo con la absoluta certeza de que ya nadie les va a poner a calentar en la banda. Directores que han tenido que cerrar de un portazo su filmografía, brillante durante las décadas de los setenta, ochenta, noventa y dos mil, y dedicarse a otras cosas porque la ley es la ley: difícil pero fácil cuando empiezas, fácil pero difícil para seguir, imposible cuando ya has llegado. Los veteranos de este oficio, como Mario Camus, como Jaime Chávarri, como José Luis Garci, Montxo Armendáriz, Manuel Gutiérrez Aragón, Felipe Vega, José Luis García Sánchez, Manuel Gómez Pereira, Pedro Olea, Manuel Iborra, Gonzalo Suárez…, varias generaciones de ellos que en esta segunda década del siglo se han visto forzados a buscar refugio antiaéreo en la literatura, el teatro, la radio y, en fin, cualquier lugar en el que su prestigio fuera reconocido, es decir, en cualquier lugar menos en el cine…

Riesgos de la edad

La última película de Mario Camus fue «El prado de las estrellas», en 2007; la de Montxo Armendáriz, en 2011, «No tengas miedo», y en ese mismo año hizo García Sánchez la última, «Los muertos no se tocan, nene»; la de Gutiérrez Aragón, «Todos estamos invitados», en 2008; la de Garci fue en 2012, «Holmes & Watson. Madrid Days»; Jaime Chávarri cerró en 2005 su filmografía con «Camarón», y Giménez Rico también en 2008 con «El libro de las aguas»; Gómez Pereira hizo hace un par de años la versión dominicana de «Todos los hombres sois iguales», cambiando el sois por un son…

Podría entenderse que no tuvieran sitio estos grandes y veteranos cineastas si hubiera una industria cinematográfica potente y exigente en España, que decidiera modos y modas, o que no quisiera asumir los riesgos de la edad y el prestigio, pero no existe esa industria. Aquí para hacer cine hay que camelarse a alguna tele o plataforma, sea eso lo que sea, y a algún político local y/o autonómico y/o estatal, es decir algo para lo que ni la edad ni el prestigio ayudan. Que lo hagan otros sin edad ni prestigio. Por eso el cine español es un género en sí mismo, y tiene sus propias leyes, como las películas de marcianos.