Festival de San Sebastián

Dos actrices demasiado serias, Barbara Lennie y Maria Dragus

Ha vuelto la cordura festivalera: ni una risa en la sala. Las risas están bien en la cara de los niños, pero, en los adultos, y más si son críticos de cine, la risa puede ser un gesto grotesco

Bárbara Lennie en el Festival de Cine de San Sebastián
Bárbara Lennie en el Festival de Cine de San Sebastián - EFE
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Ha vuelto la cordura festivalera: ni una risa en la sala. Las risas están bien en la cara de los niños, pero, en los adultos, y más si son críticos de cine, la risa puede ser un gesto grotesco. Fuera risas. Las últimas tres película de la competición son todo lo deprimentes que la ocasión requiere; dos de ellas, la argentina «Una especie de familia» y la griega «Love me not» parece que abordan uno de esos asuntos tan de hoy como el de los vientres de alquiler…, aunque, luego, resulta que no van exactamente de eso.

La argentina, dirigida por Diego Lerman, va del rostro atormentado de la actriz Bárbara Lennie, que sale en todos los planos de la película, una madre truncada por la desgracia que pretende reanudar esa función maternal con un recién nacido en otra mujer, y dispuesta a renunciar a él. Un dramón recocido en la pepitoria de un retrato social paupérrimo y en las aguas (de lluvia, de pileta, de dolor) que es capaz de albergar el rostro hermoso de Bárbara Lennie. Como la película apenas sale de ahí, tampoco es cosa de irse a buscar a otros lados.

La película griega empieza en el mismo y polémico lugar, el vientre de una joven que renunciará a su hijo, y en una pareja muy molona que pretende el fruto…, pero el director, Alexandros Avranas, pega un volantazo y choca con un «thriller», aunque rarito, pues los personajes, más bien bobos y blandos, no pertenecen a ese género. Hay crimen, móvil, asesinos y pesquisa, pero nada de todo ello aguanta en pie una sencilla pregunta: pero, ¿qué hace esa gente, son tontos o qué?. Se supone que Avranas quiere hablar de otras cosas que no son la maternidad, la ambición o la fidelidad, y a poco que se pare uno a pensar en ello, seguro que da con la respuesta. Me pongo.

Mejor, o al menos con alguna idea más, resultó la alemana «Licht», de Barbara Albert, que narra la historia (real) de la pianista ciega Maria Theresia Paradis y su relación a tientas con la música y con el doctor Mesmer, muy adelantado a su época, Siglo XVIII, que ya imantaba de efluvios invisibles y milagrosas curaciones. Visualmente, la película tiene mucha potencia, y además propone al menos un par de ideas interesantes sobre el punto de vista y sobre los conceptos y las formas cuando los percibe por primera vez unos ojos glaucos. La actriz, Maria Dragus, que ni es ciega ni pianista, está genial entre el concierto y el desconcierto.

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