«Yo, Daniel Blake» (****): Conmovedor viacrucis burocrático

La mezcla de sencillez (él) y complejidad (el sistema) es demoledora y hace de esta película algo extraordinarioa

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A simple vista (y subrayo lo de simple) parece fácil de hacer, como una tortilla de patatas, pero el cine de Ken Loach es en el fondo complicadísimo, al menos, como es este caso de «Yo, Daniel Blake», cuando está perfectamente cuajado y cada elemento tiene la textura y el sabor adecuados. Ken Loach, y su guionista de cabecera, Paul Laverty, siempre miran al mismo lado y desde el mismo sitio, y sus personajes pertenecen a ese corte social de los desfavorecidos y los contemplamos en plena escalada por la pared de la escasez, la injusticia o el abandono. No es raro que a Loach se le vaya en ocasiones la mano a la pancarta, al eslogan o a la frase hecha, por eso es preciso decir ya que «Yo, Daniel Blake» es como todas las películas de Loach, pero probablemente mejor que ninguna: es tan cercana, comprensible y conmovedora que hace imposible cualquier resistencia a la verdad de su protagonista, a lo que padece y al cómo lo padece.

No es raro que a Loach se le vaya en ocasiones la mano a la pancarta, al eslogan o a la frase hecha

Daniel Blake es un obrero a punto de jubilarse, es viudo, decente y tiene problemas cardíacos que le obligan a someterse a una incomprensible burocracia para cobrar el subsidio que le permita llegar hasta la jubilación, sin trabajar, tal y como le dicen los médicos, pero trabajando, tal y como le exige la administración. Mientras Loach describe de ese modo fácil (tortilla) el escueto día a día de ese hombre, su relación consigo mismo, con su pasado y con su presente vecinal, la película nos muestra los varios dislates de nuestra sociedad, tan funcionarial, tan precisa y rigurosa, y sobre todo la tortura de alguien que ha de afrontar el papeleo y el centenar de requisitos frente a un ordenador, que para él (para tantos como él) es como ponerse a los mandos de un cohete espacial.

La mezcla de sencillez (él) y complejidad (el sistema) es demoledora, y el aliño argumental con el personaje de la joven madre y sus dos chiquillos, que sufre otra pero igual desconexión social, hacen de esta película algo extraordinario. Y qué actores, con cuánta piel, carne y sentimiento transmiten lo que Loach quiere decir y que, más que escucharlo, lo sintamos. Ganó la Palma de Oro en Cannes, ganó el premio del público en San Sebastián, pero, probablemente, su mejor premio es que nadie saldrá de verla sin haberse sonado la nariz o las ideas.

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