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«Un traidor como los nuestros» (**): Rusos y M16

No vamos a caer en el lugar común de decir que desde que acabó la guerra fría el gran John Le Carré se ha quedado un poco sin tema, pero lo cierto es que esta película produce ese efecto

ANTONIO WEINRICHTER - Actualizado: Guardado en: Actualidad

No vamos a caer en el lugar común de decir que desde que acabó la guerra fría el gran John Le Carré se ha quedado un poco sin tema, pero lo cierto es que esta película produce el principal efecto de añorar a Smiley y compañía. Y eso que volvemos a encontrarnos con sus herederos, los agentes del MI6, que como siempre andan escasos de personal, y que como antaño tienen enfrente a los rusos, sólo que en este caso es la mafia y no la KGB de la era Putin (aunque se sugiere en un momento que están conchabados).

La culpa puede no ser del escritor (no he leido esta novela suya) sino, casi seguro, de la realizadora Susanna White que consigue, siempre, quedarse como por fuera de cada escena, sin sacarle partido ni siquiera a las escenas de acción. No se trata de que haga un tour de force como en una de James Bond (Le Carré es más bien lo opuesto de Ian Fleming) sino de crear una mínima tensión narrativa, que apenas consigue en alguna secuencia como la del club deportivo; pero con lo que me gustan a mí las de espías, me aburrí como un idem al que le toca hacer guardia toda la noche ante la casa de su presa.

No ayuda que Ewan McGregor actúe con el piloto automático (¿o es que siempre ha sido tan poco expresivo?), que los mafiosos rusos sean genéricos de todo a cien rublos… El único que está bien, un Stellan Skarsgard que gana enteros con cada kilo que se echa al cuerpo, parece que se dirige a sí mismo ante el torpor del resto del reparto, excluido un sibilino Damian Lewis (el de “Homeland”) que también parece estar en una película distinta, habiéndose apostado a sí mismo que puede convertirse en una versión hipster de Smiley.

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