Resident Evil: Capítulo final (**): Milla Jovovich y sus fulares vuelven a cabalgar al viento

En este laberinto de clones, muertes que nunca son, resurrecciones y demás, uno acaba por perderse

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Hay pocas sagas que hayan sacado más rédito a un videojuego que «Resident Evil». Tiene que ver con el terror de las bestias creadas en sus gráficos (ya eran temibles en su versión primera, imaginen ahora...), su originalidad en los peligros y la facilidad con llevarla a la gran pantalla. Eso, y el carisma de Milla Jovovich, que siempre cuenta, y nunca ha dejado de aparecer como Alicia en las películas.

Dicho esto, y teniendo en cuenta que esta es la sexta entrega (cuatro de ellas dirigidas por Anderson, incluida esta última) se entiende que hayan tenido que estirar la goma hasta casi romperla. En ese laberinto de clones, muertes que nunca son, resurrecciones y demás, uno acaba por perderse. Lo bueno es que la acción y la parafernalia consecuente cada vez están más logradas. Lo peor, que los guiones se retuercen tanto que ya no es que parezcan insólitos, es que resultan imposibles. Dedos que se cortan y aparecen por arte de magia, resurrecciones electrónicas, zombis que nunca alcanzan sus objetivos y malos que no se mueren ni aunque los tirotee Clint Eastwood.

Y un detalle final: de último capítulo nada. Una zafia añagaza (realmente muy poco creíble) hace que Jovovich, que tiene muchas más vidas que un gato, siga cabalgando fulares al viento... Ay, el dinero...

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