Crítica de La vida y nada más: El destino a tus espaldas

Historia reconocible que el español Antonio Méndez Esparza consigue hacer especial, grande y cercana, con su sorprendente estilo narrativo, en forma de estampas

Escena de La vida y nada más
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Una historia reconocible: la tragedia del joven negro americano y pobre, ensimismado en un irrompible determinismo y entregado a ese cóctel de vida que irremediablemente se ha preparado para él desde la cuna, y en posesión de un hilo de rabia, contenida o no, que enturbia su presente y predice su futuro. Historia reconocible que el español Antonio Méndez Esparza consigue hacer especial, grande y cercana, con su sorprendente estilo narrativo, en forma de estampas, de flashazos de la vida de ese joven y sus circunstancias, que son una madre soltera y que sobrevive de trabajos esporádicos, un padre ausente, encarcelado y que trata de borrar las huellas que fatalmente ya olisquea su hijo.

Los utensilios del relato son modestos, una cámara discreta, que relata en planos largos y en panorámicas (muy a lo Jarmusch) delatadoras de ambiente y atmósfera (casa, colegio, amigos…); una vocación de sustancia que convierte en elipsis lo superfluo y que va tan al grano que cuenta, por ejemplo, la nueva relación amorosa de la madre, cómo nace, crece y chirría en una deshuesada subtrama.

Rodada en Florida (la primera película de Esparza, «Aquí y allá» la rodó en México y hablaba con semejante intensidad y hondura de la ida y vuelta del emigrado) y con actores no profesionales, pero rellenos de una abrumadora verdad casi documental. Es una película de momentos, de sutiles volutas de tiempo y sensaciones, muchas de ellas descorazonadoras, como esa escena de parque infantil, de confusión entre agresores y agredidos.

comentarios