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Los últimos de Filipinas (***): Entre la proeza y la simpleza

Ha de notarse, y se nota, ese estado de ánimo noventayochista y ese inevitable ardor patriótico en los resistentes

Lo que recoge en su primer largometraje Salvador Calvo es la epopeya del último bastión militar español en la isla filipina de Luzón, un episodio histórico que se conoce como «el sitio de Baler».

Medio centenar de soldados mantuvieron la plaza de una iglesia de pueblo sitiada durante casi un año, a pesar de los pesares, entre ellos la falta de comida, fuerza, asistencia y noticias de que España ya había capitulado en su guerra contra Estados Unidos y Filipinas pasaba a ser un país libre, o sea, en poder de los americanos.

La ambientación es precisa y claustrofóbica, y la cámara solemne, como el variado y transversal mensaje que le arrebata a la captura de los hechos: ha de notarse, y se nota, ese estado de ánimo noventayochista (la pérdida paulatina es el «leit motiv»), y ha de notarse, y se nota, ese inevitable ardor patriótico en los resistentes, pero también sus dudas y sus flecos antibelicistas, sea por desnutrición o descreimiento.

El guionista y el director se manejan con habilidad cinematográfica en el cliché, y concentran su interés en los personajes clave para desentrañar el alma de una nación escurriéndose por el desagüe: el militar íntegro, el oficial pragmático, el soldado soñador, el suboficial desquiciado y odioso, el oficial médico barojiano, que debate consigo mismo, el cura empapado de mundo que arroja la cruz con tanta fuerza y devoción como la recoge luego…, todos ellos magníficamente interpretados por un imponente Luis Tosar con bigotón y patillas, Eduard Fernández, Javier Gutiérrez, Álvaro Cervantes, Carlos Hipólito y Karra Elejalde.

Y todos ellos con los dos pies en el papel, pero la cabeza en el papelón: hay esfuerzo en equilibrar lo que la historia tiene de gesta con lo que tiene de ridículo, de grotesco, pero humanizado en el relato por diversas hebras narrativas, como el sueño de ser pintor del joven protagonista, las diversas maneras de entender «lo militar» de los que mandan en el destacamento o la actitud entre mundana y cristiana de ese cura mostrenco y pecador.

Y en el contraplano de ese fin de imperio, con la idea de la Iglesia como último refugio y valor que defender, sobresale el único personaje femenino de la historia, esa tentación de placer, libertad y modernidad que encarna la actriz filipina Alexandra Masangkay.

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