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Crítica de Roman J. Israel, Esq.: Denzel Washington, como el Monument Valley

No es tan despiadada y tenebrosa como «Nightcrawler», la primera y anterior película de Dan Gilroy, pero retrata un personaje comparable en su distorsión a aquel reportero degenerado que interpretaba Jake Gyllenhaal

Denzel Washington es Roman J. Israel
Denzel Washington es Roman J. Israel
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No es tan despiadada y tenebrosa como «Nightcrawler», la primera y anterior película de Dan Gilroy, pero retrata un personaje comparable en su distorsión a aquel reportero degenerado que interpretaba Jake Gyllenhaal.

Traslada con otra moralidad, con otra dentellada ética el mundo desaprensivo de los noticieros televisivos a otro plató espectacular y muy de hoy, el de las Salas de Justicia. Y se apoya en un personaje de fábula (moral) pero, sobre todo, en un actor de leyenda. Denzel Washington es, siempre, el Monument Valley de las películas en que aparece, un espacio grande y rocoso que le da proporción y sentido a la trama. Aquí organiza su físico para ser Roman J. Israel, un terco y riguroso abogado de despacho al que la muerte de su socio (el abogado estrella) le obliga a saltar a escena, a asumir un papel que se contradice con su modo de ser, tan solitario, asocial, extravagante y directo…

La composición que hace Washington del tipo íntegro, sin matices, casi ridículo y obsesionado por los derechos civiles y los tejemanejes de la Justicia es formidable, lo mejor de una película cuya historia se trenza con los dos lenguajes de la abogacía y del sistema (Colin Farrell asume el papel de abogado listo, eficaz y sin un escrúpulo de más), y aún con una ligera trama romántica que, a pesar de que se coloree con cierto artificio, le permite a Washington darle otra vuelta más a la física y química de su pintoresca y genial composición del idealista y friki abogado.