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«Qué Dios nos perdone» (***): un thriller furioso

El cine policíaco no tiene secretos para el espectador, que lleva sus códigos tatuados en el ADN peliculero: un psicópata asesino, una pareja de policías y una investigación criminal sucia y desesperada

OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE - Actualizado: Guardado en: Actualidad

El cine policíaco no tiene secretos para el espectador, que lleva sus códigos tatuados en el ADN peliculero: un psicópata asesino, una pareja de policías con una vida personal o familiar tan confortable como un lobanillo en la ingle y una investigación criminal sucia, infructuosa, desesperada y agobiante. Sin dejarse atrás los códigos, el talento de Rodrigo Sorogoyen consigue construir un policíaco especial, más duro, más incómodo, más sórdido y cruel, y también más cercano en tiempo y lugar (Madrid, verano de 2011, con el aliño del ambiente 15-M, el turisteo y el peregrinaje por la visita del Papa).

La trama es obscena, inmoral y furiosa por varios motivos: el asesino es especialmente repugnante, pues mata y viola ancianas desvalidas; los inspectores Alfaro y Velarde rompen el “cliché”, uno es para vomitarle encima, tan chulo, agresivo y tarado, y el otro, tartamudo, acomplejado y mentalmente inencontrable… Roberto Álamo, un Mel Gibson sin tomarse la medicación, y Antonio de la Torre, en un cruce entre Landa y Dustin Hoffman, con su especial talento para construir personajes destruidos, que le das tres fichas del Exin y edifica un castillo.

Uno de los aspectos más interesantes del código del cine policíaco es el momento en el que la película le señala al espectador quién es el psicópata, y aquí, Sorogoyen, le permite al personal conocerlo antes que a los propios policías, y en esas acciones paralelas, el psicópata que mata y los policías que buscan, la película nos muestra su carta en una mano, mientras que en la otra oculta «el truco»: no hay menos miseria moral en las relaciones de esos policías (familiares, laborales…) que en las del asesino, tal y como ocurría con los periodistas de «Mientras Nueva York duerme», obra maestra de Fritz Lang.

Acaso podría uno reprocharle a la película su excesivo empeño en mostrar cuerpos de ancianas que esperan en la morgue la fría función de las herramientas para la autopsia, y un desenlace con demasiada vocación de nudo, de lazada.

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