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La Pasión de Augustine (***): Música, educación y religión

Película que destaca como una mosca en un pellón de nata dentro del habitual panorama cinematográfico por su gran envoltorio visual, su magnífico contenido musical y su afinado meollo moral

Película que destaca como una mosca en un pellón de nata dentro del habitual panorama cinematográfico por tres cualidades que no suelen viajar juntas: su gran envoltorio visual, su magnífico contenido musical y su afinado meollo moral.

Es la historia de una mujer, la madre superiora de una institución religiosa que es también un internado para jovencitas que reciben una ordenada instrucción musical. La piel del argumento no es, tal vez, un ejemplo de originalidad, pero su desarrollo y sus múltiples detalles sobre la docencia, la instrucción y las creencias, y la versatilidad a los cambios sociales (ocurre en Quebec, a mediados de los sesenta y en plena ebullición postconciliar) la convierten en especialmente entretenida y elocuente.

La aparición en el convento-escuela de una joven, sobrina de la superiora y encarnación de todo lo que merece la pena ser impulsado, conservado y renovado, es el acelerador del motor de esta película. Personaje que interpreta de modo absolutamente seductor y genial la joven actriz y pianista Lysandre Ménard.

La directora, Léa Pool, suiza y canadiense, mezcla con gusto la razón y el espíritu del film, contiene las ganas de excesiva información del espectador (el pasado de la madre Augustine, que deja mariposear con tiento en un par de «flash-back»), y lucha con tanto ímpetu por la libertad de una institución religiosa y de la mujer.

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