Crítica de Loving Vincent: Cuadro viviente

La belleza pulsátil, colorista, postimpresionista de este continuado «tableaux vivant» sustenta una narrativa convencional que adopta la forma de una especulación sobre los días que precedieron a la misteriosa muerte del pintor

Fotograma de Loving Vincent
Fotograma de Loving Vincent
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En la larga pero siempre resbaladiza relación entre el cine y la pintura, esta película ocupa un lugar especial, más cerca de las artes gráficas que del arte fotográfico que llamábamos cine (hoy, digital audiovisual). Durante largos años, 125 animadores pintaron a mano y a óleo unos 65.000 fotogramas que recreaban 31 cuadros (y esbozaban elementos de otros 94) del gran pintor holandés Vincent Van Gogh. Las cifras apabullan, desde luego.

Lo de pintar a mano el fotograma en vez de impresionar la emulsión por medios fotoquímicos no es nada nuevo; de Len Lye a Brakhage pasando por Sistiaga hay una amplia tradición de un cine abstracto, en la que desde luego no se inserta la película que nos ocupa (es «artística» pero no tanto).

La belleza pulsátil, colorista, postimpresionista de este continuado «tableaux vivant» sustenta una narrativa convencional que adopta la forma de una especulación sobre los días que precedieron a la misteriosa muerte del pintor. No es una película policiaca tampoco, la pesquisa es una excusa para introducir a los personajes que le rodearon y reproducir algunos de los paisajes e interiores que recordamos como en un sueño por haberlo visto en sus cuadros. Y claro, no resisten la tentación (habría que ser tonto) de usar la bella canción que le dedicó Don McLean.

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