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Crítica Lean on Pete: Largo camino hacia el amanecer

Una de las virtudes de esta película es lo poco que incurre en esa enfermedad infantil del melodrama que llamamos sentimentalismo

Charlie Plummer en «Lean on Pete»
Charlie Plummer en «Lean on Pete»
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Una historia de un chico y un caballo; un pobre huérfano y un animal ya inútil, que el chico decide rescatar… ya estarán preparando los pañuelos para darse una balsámica sesión de llantina. Pues no. Una de las virtudes –o defectos, según se mire– de esta película es lo poco que incurre en esa enfermedad infantil del melodrama que llamamos sentimentalismo. Y no es que falten ocasiones.

Charlie, el quinceañero protagonista, sufre una serie de golpes que parecen diseñados por un destino que se torna malvado demiurgo. Su precaria vida familiar se ve destrozada; pierde el empleo que le permite conocer a Pete, el caballo que se gana su corazón; fugado, emprende una «road movie» que le lleva al límite mismo de la miseria… Esta estructura episódica es otra virtud de la película, pues permite desarrollar viñetas independientes tan logradas como esa por la que se asoman esos iconos indies que son Steve Buscemi y Chloë Sevigny.

Menos convincentes resultan otros episodios de la peripecia de Charlie, que casi podría llamarse picaresca por eso, por episódica, y por cómo tiene que ir «resolviendo» para sobrevivir. Y todo parece ir degenerando en dirección a un fundido final en negro. Pero ahí nos espera otra sorpresa y un momento de genuina emoción cuando Charlie Plummer, el excelente actor protagonista, deja que su Charlie pierda ese aparente estoicismo que tanto le ha ayudado en su odisea.