La seducción (***): El arte de Sofia, y cómo comerse un Colin (Farrell)

La película de Coppola es un prodigio de sutileza, de visualidad y de lírica bélica

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Tras su proyección en el pasado Festival de Cannes, donde los críticos pudieron sacar sus primeras impresiones, se vio claramente que la primera de ellas es que de la novela de Thomas Cullinan no podían hacer una versión parecida Don Siegel y Clint Eastwood, durísima, terrorífica y macha, y Sofia Coppola y su elenco de féminas comandado por una imperial Nicole Kidman, que también es durísima, pero ataviada con un gusto cinematográfico extremo y una perversión oscilante entre lo femenino y lo masculino.

La directora de «Las vírgenes suicidas», de «María Antonieta», «Somewhere» y «Lost in traslation» aboga desde el arranque por un relato entre el cuento gótico, el de hadas y el psicológico, de tal modo que la historia en sí, la de un soldado yanqui herido y camuflado en una residencia de señoritas del Sur se convierte, más que en una historia de terror calculado, en un estudio del comportamiento humano, y especialmente desde una perspectiva de la mujer. Ya en el título se ve la alteración: desde «El seductor», que era lógicamente Eastwood, a «La seducción», o sea el arte y la maquinación que en esta mirada de Coppola está tanto o más en los roles de ellas que en el de el hombre, un Colin Farrell incapaz de encarnar por sí solo el control o las riendas de la empresa seductora.

No es un problema de interpretación, pues Farrell le introduce a su personaje las «debilidades» que busca Coppola, sino que la mayor complejidad la asumen los que interpretan Nicole Kidman, una primorosa Kirsten Dunst y una esquinada y potente Elle Fanning.

Ahora no es exactamente la historia de un soldado que atisba la posibilidad de cambiar su estado de víctima en el de depredador, sino exactamente sus antípodas, la de unas mujeres que ven la posibilidad de alterar su jaula dorada en un espacio abierto a la «libertad»… En el fondo, tal vez consiga Coppola lo contrario de lo que pretende y apresa al hombre entre los barrotes y la capacidad de maquinación femenina (le aplica una sutil lija al comportamiento, la solidaridad, la ética y la frondosidad del deseo de la mujer).

Aunque con independencia del poso masculino-femenino que quede en el relato, la película de Coppola es un prodigio de sutileza, de visualidad y de lírica bélica que a los ojos, pongamos del Eastwood en esencia, no le produzca más que un salivazo de tabaco mascado. Pero tiene mucho mérito.

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