Kingsman (***): Del negocio del traje al whisky

El éxito del original dio a Matthew Vaughn alas para exagerar excesos y defectos, como si las necesitara

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Por una vez, la película sigue donde terminó la anterior, aunque lo ocurrido no ha sido necesariamente respetado. No hará falta aclarar, por ejemplo, que Colin Firth está convocado. El dato es obvio si se observa la foto o el tráiler de la cinta. Es una especie de spoiler descongelado. En segundo lugar, el éxito del original dio a Matthew Vaughn alas para exagerar excesos y defectos, como si las necesitara. La acción se traslada a los Estados Unidos, además, y el choque con lo british produce monstruos.

Lo importante para el espectador es que la película es más entretenida que comer pipas en una tanda de penaltis. El lujo es evidente y el presupuesto alcanza para financiar todas las locuras, algunas francamente divertidas. El reparto es buena muestra de lo saneadas que están las cuentas. Sobresale Julianne Moore, no falta el toque de distinción de Jeff Bridges, Halle Berry regresa al cine de espías, Pedro Pascal sigue subido a la ola y, colgado de una lámpara, vemos a un Elton John desatado. Conserva la mesura Mark Strong, a quien nunca valoraremos lo suficiente.

Dicho esto, al sastre de este Kingsman le robaron las tijeras. Seguramente las cambiaron por la trituradora de carne (ya verán). Hay un defecto más profundo: lo que prometía ser una alternativa gamberra a James Bond se frustra en beneficio de la parodia, lo que destruye la línea de flotación de la credibilidad. No hay forma de lograr que el público sufra por unos héroes que ni siquiera parecen mortales. Todos sabemos que el caballo del malo cojea, pero aquí le falta una pata entera. Puede que lo agradezca el aficionado a «Kick-ass», título que lanzó al director. Sobre todo, que estas líneas no desanimen a nadie. El espectáculo es de primera, y el cambio de negocio, legítimo: de los trajes al whisky. Quizá no entren los mismos clientes en la tienda, pero apuesten a que serán aún más.

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