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Crítica de La fábrica de nada: Los lunes «ao» sol

El documentalista portugués Pedro Pinho está al borde de inventar un género con esta película, condenada a ganar premios y estrellas (de las que dan los críticos, no las de verdad)

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El documentalista portugués Pedro Pinho está al borde de inventar un género con esta película, condenada a ganar premios y estrellas (de las que dan los críticos, no las de verdad). «La fábrica de nada» es un desmesurado experimento, bien peinado desde el título y con brillantísimas mechas. Puede que las mejores sean las escenas en las que los actores se arrancan a cantar y bailar en un delirante salto al musical (la fotografía atestigua el momento). No es difícil imaginar la sonrisa de Lars von Trier en la oscuridad de su salón.

La cosa no sería tan sorprendente si el tono fuera otro, porque Pinho ilustra con estilo documental –lo lleva en la sangre– el drama de unos trabajadores al borde del despido. Los propios dueños de la fábrica en la que los primeros se ganan la vida, cada vez peor, la desmantelan con nocturnidad, antes de reducir a sus empleados a la nula producción, un estado en el que lo más difícil es soportar el paso del tiempo. Chaplin fue demasiado optimista en su visión de los tiempos modernos, al menos según la cinta, que por desgracia no siempre es tan ocurrente.

En su albarán cabe señalar también ciertos vicios, el peor de los cuales es la duración. En sus tres horas cabe todo, pero en especial largos debates sobre reajustes (léase despidos), plusvalías, leyes del mercado y un capitalismo que, nos cuentan con elocuencia asamblearia, se hunde solo. En el fondo, la cinta no es tan distinta de «Up in the air», aunque sin el porte de George Clooney ni la amena frivolidad de Jason Reitman. Todo ello, con casi tantos «carallo» como en «Fariña».