Crítica de Destinos: Mala noche

El único pero que le pondría a la película: no puede resistirse a hacer que alguno de los encuentros entre taxistas y clientes resulten demasiado redondos dramáticamente hablando

Fotograma de Destinos
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No es que no se haya hecho antes, rodar toda una película dentro de un taxi. Jim Jarmusch, por ejemplo, en «Noche en la Tierra». Pero allí era una fábula planetaria y aquí el director se circunscribe a un ámbito muy concreto, la ciudad de Sofía, y en tiempo real, o en el tiempo comprimido de una noche. Una de esas nochecitas en las que todo se conjura para… hacer una película como esta, que se pretende mosaico de la sociedad búlgara contemporánea. Como rezaba la apertura de aquel clásico del cine negro, Hay un millón de historias en la ciudad desnuda.

El único pero que le pondría a la película: no puede resistirse a hacer que alguno de los encuentros entre taxistas y clientes resulten demasiado redondos dramáticamente hablando: un padre deja a su hija en el cole y recoge a otra que empieza a pintarse, camino de hacer la calle; una mujer taxista recoge al hombre que le arruinó la vida décadas atrás… Ello introduce un elemento de inverosimilitud en una pieza por otra parte magníficamente rodada, con cierta voluntad documental, sin estilismos innecesarios, con una visión «lateral», de pasada, de la capital búlgara y un sentido del tiempo que restituye la rutina de conducir sin prisa y sin dirección definida de quien se gana la vida recogiendo pasajeros, recolectando historias de vida en la ciudad.

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