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Crítica de El corredor del laberinto: la cura mortal: Juventud asediada y rebelde

Tercera parte de esta serie de películas que se disfrutan más con un ligero bozo que con una barba canosa

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Tercera parte de esta serie de películas que se disfrutan más con un ligero bozo que con una barba canosa, y que remiten (¿cómo no?) a un futuro distópico, a una juventud asediada y víctima de una rara enfermedad, «la llamarada», y en la que ocurren «cosas» a tal velocidad que uno se las pierde mientras se mesa la barba (canosa). El arranque es espectacular y te afeita al instante, con una secuencia de tren a toda velocidad que agota ya por completo el cuenco de palomitas. Pues resulta más fácil y cómodo seguir a ese tren desbocado que el hilo del argumento, con planes enrevesados, rescates imposibles, zombis que nos rodean, la búsqueda de un antídoto milagroso… El mismo equipo de guionistas, Dashner y Nowlin, y el director Wes Bell, que han hecho la trilogía entera y, probablemente, lo que le cuelgue (nunca terminan, aunque lo aseguren), consiguen fundir eso tan difícil que es una historia bien boba con un trabajo bien hecho y magníficamente servido, de tal modo que solo al final, o después incluso, te percates de la justita sustancia argumental. Tuvo infinidad de problemas de producción, incluido el grave accidente del protagonista, pero no se notan.