Bye Bye Germany (**): Dios ya no cree en nosotros

Tan solo un suicidio y una frase de descreimiento recíproco en un entierro sugieren algo de lo que deben estar sintiendo este grupo de judíos supervivientes en los escombros de Frankfurt

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Tomo el título prestado de la primera entrega de la trilogía del austriaco Axel Corti sobre el genocidio y la diáspora judía, en donde plasmó el pavor, la rabia y la desesperación de una comunidad que llegó a pensar que efectivamente Dios, su dios, les había olvidado. Una idea tan fuerte, y por otro lado tan justificada, es lo que no llega a convocar casi nunca la película que nos ocupa. Tan solo un suicidio y una frase de descreimiento recíproco en un entierro sugieren algo de lo que deben estar sintiendo (o nos deben transmitir que están sintiendo) este grupo de judíos supervivientes en los escombros de Frankfurt.

Hubo, nos dicen, unos 4.000 que decidieron quedarse. Los que vemos en la película sueñan con «América» -el país y sobre todo el mito de poder volver a empezar una vida- y mientras tanto van resolviendo con diversas formas de estraperlo. Timar a quienes quizá miraron a otro lado mientras exterminaban a tu pueblo es la única buena idea que la película sabe explotar un poco. Hay otra mucho mejor, la del humorista que contratan para que le enseñe al führer a contar chistes, que no pasa del mero flashback: uno se queda con las ganas. Pero es que todo lo que vemos es así, como esa escena de sexo que debió ser volcánica y queda en el «consumado» más soso que quepa imaginar.

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