Crítica de «Canción de Nueva York»: La pesada sombra de Woody Allen

«Una película que empieza con la inefable voz en off de Jeff Bridges añorando un Nueva York que se fue… ¿Qué puede salir mal?»

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Una película que empieza con la inefable voz en off de Jeff Bridges añorando un Nueva York que se fue… ¿Qué puede salir mal? Bridges aparece luego como personaje; no es uno de sus mejores papeles y parece existir sobre todo para encarnar un giro narrativo más bien efectista. Sale también Kate Beckinsale, que vuelve a sorprendernos: está mejor seduciendo seres vivos que matando zombies; y otros actores de un reparto como poco, sólido.

Uno disfruta, y perdona, los (d)efectos secundarios de una obra un poco relamida: los diálogos de tipo «literati» neoyorquino, la pesada sombra del neoyorquinismo de Woody Allen que de manera inevitable y quizá injusta planea sobre una película así, recurrir sin ganárselo del todo a hitos musicales de Simon & Garfunkel y Bob Dylan («Ah -dice Bridges, casi en modo El Nota- tienes “Visions of Johanna”»). El gran problema es el protagonista: un jovencito poco hecho, al que no ayuda la interpretación de un tarugo de madera llamado Callum Turner, pero sobre el que gira todo el punto de vista de la narración hasta un extremo de narcisismo masculino que lo hace intragable.

Una película que narra un proceso de maduración no puede arriesgarse a perder la simpatía por su personaje central, por muy bien arropado que esté.

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