«Me responden que el Carnaval es para vivirlo en la calle, pero porque no lo viven en la suya». Antonio de las Heras es quizás el vecino que con más paciencia e insistencia ha denunciado las molestias que provocan a los que viven en las cercanías de la plazoleta Las Vacas (oficialmente: plaza Sánchez de la Campa) las repetidas fiestas de Carnaval, que por estas fechas se celebran en la zona. Pero, hasta el momento, Antonio sólo ha recibido el apoyo de sus colegas de padecimientos.
Desde que se reformó y acondicionó la tradicional plazoleta, situada en la trasera del castillo de San Romualdo, el lugar se ha convertido en el epicentro de los Carnavales isleños. Las celebraciones oficiales, que no duran más de un par de fines de semana, como el multitudinario carrusel de coros que se podrá ver el próximo sábado, ha dado paso a espontáneas reuniones de cientos, e incluso miles de personas, que comienzan varios fines de semana antes de comenzar las fiestas y finalizan algunos después de que acaben.
«Esto se ha convertido en un centro de borrachos. Comienzan a venir el fin de semana después de terminar las Navidades y no se van hasta casi la Semana Santa», afirma Paqui antes de iniciar enumerar una larga lista de inconvenientes provocados por la aglomeración de gente aficionada a las coplas y al alcohol. «El ruido no te permite descansar durante todo el sábado y todo el domingo. No podemos disfrutar de la plazoleta y prácticamente salir a la calle. La gente se mea en tu fachada e incluso en tu misma puerta. Cada verano me gasto la paga extraordinaria en arreglar la fachada y cada Carnaval me la vuelven a dejar hecha un auténtico asco», comenta Paqui.
María Ángeles regenta, junto a varios familiares, una tienda de informática situada en una de las calles que delimitan la plazoleta. Cuando comenzó con el negocio, las concentraciones se limitaban a algún fin de semana esporádico. Ahora, a su cuesta de enero particular se le une un febrero en el que le es imposible abrir las puertas de su establecimiento el día de más venta de la semana. «Los sábados no podemos abrir porque todo está lleno de gente y los clientes no se les ocurre venir si saben que hay fiesta. Se te cuelan borrachos y corres el riesgo de meterte en una pelea o que te rompan algo», afirma. Cerrar no ha evitado todos los males de María Ángeles. Cada lunes encuentra su fachada algo más sucia y alguna que otra pintada, mientras que por debajo de la puerta se le cuela todo tipo de basuras, incluidos cristales de botellas rotas.
Tanto Antonio, como Paqui, Maria Ángeles y decenas de vecinos más han pedido de forma más o menos contundente que se restrinjan los días de fiesta en la plaza y que mientras eso sucede se pongan medios para controlar las molestias de la aglomeración de personas y la ingesta masiva de alcohol. «He mandado cartas y correos electrónicos al Ayuntamiento, al alcalde y la delegada de Fiestas desde hace varios años, pero ni caso. La mayoría de las veces ni contestan», denuncia Antonio, que asegura que los fines de semana se montan largas colas en la puerta de su garaje para desahogar las vejigas.
«Hace un par de semanas pusieron dos servicios portátiles, que son del todo insuficientes. Además como mucho hay presentes dos parejas de policías. Así es difícil de evitar que todo se descontrole y paguemos los que estamos aquí», concluye Maria Ángeles.