La Voz de Cadiz
Jueves, 2 de marzo de 2006
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CÁDIZ
crónicas repelladas
Acto de fe en Fabio Rufino
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Había pecado de gula aquella noche. Pero no pude aguantarme. Iba a pedir solo media, pero vi pasar una completa para unos franchutes y no me puede aguantar. Qué sea una de gallo rebozao, Pelayo. Como siempre sin mayonesa ¿no señor?. Como siempre Pelayo, el gallo se come a pelo. No hay que restarle sabor.
El gallo rebozao marida a la perfección con la Cruzcampo fresquita. Amó a dejano de pamplina, ni fino La Ina, ni manzanilla, ni un blanco de la tierra. Cruzcampo fresquita. Son recomendables 20 picos de tamaño mediano, no más. La combinación perfecta son dos picos por trozo de gallo. Ni más, ni menos.
Deglutí (que verbo más fino, verdad) con rapidez. A las once había quedado con unos amigos para escuchar a «los huevos cocíos más que pasaos por agua», una chirigota en la que sale mi primo que es de Barbate, pero en carnavales el es de la Viña. Le habían hecho ya un cuplé al gato que se había contagiado de la gripe aviar y otro al cordón umbilical de doña Leonor, que tiene guasa la cosa porque rimar cordón umbilical es una jartá difícil.
Siempre me gusta, cuando como gallo rebozao en el Terraza, comérmelo mirando a las torres de la Catedral y pensar que es el único lugar del mundo donde se puede hacer eso, que se joan los de Nueva York, que ni tienen gallo rebozao, ni tienen a Pelayo, ni tienen las torres de la Catedral.
No tomé postre. Estaba más lleno que el Carranza el día que el Cádiz jugó contra el Madris (un saludo don Florentino) y temía que si comía más cruzaría el arco del Pópulo vencido de la derecha y yo quería entrar en la plaza de San Martín totalmente cuadrao, como la cuadrilla de Ramón Velázquez cuando entra en el Palillero bailando por capillitas.
Cuando llegué ya la chirigota de mi primo la había liado con su famoso estribillo «huevo, huevo, mira niña como los llevo», que acompañaban con una especie de baile de caderas, pero todo ellos vestidos como de calimeros, pero sin pollo.
«¿Quiere?», me dijo un tio que estaba al lao. Me dio de beber de una petaca. No sé lo que tendría aquello, pero desde ese momento todo cambió. Cuando volví la cara el de la petaca ya no estaba. Tenía la boca como dulzona, pero medio dormida. No sé una sensación muy rara.
Sentí ganas de mingitar (otro verbo fino). Vamos que me estaba meando. Me acerqué al Malagueño pero en la cola de los servicios creo que estaba Málaga entera. Intenté acercarme por otros bares pero en todos había cola y lo malo es que aquí no hay reventa, porque yo esa noche, pagaba cien euros, por colarme y vaciar el depósito.
La cosa se hacía insostenible. Pero me dije a mi mismo. Oé, que soy gaditano e imbuido por el espíritu patrio me fui para la pared dispuesto a darle humedad a la piedra ostionera de Fabio Rufino 5, bajo derecha.
Y cuando estaba en lo mejor del querer, una voz como de niña del altavoz de la playa Victoria, pero en masculino, salió desde la noche y me dijo «quillo, no te da vergüenza ir meándote por las esquinas». Me cortó el punto. Miré para arriba y subido en una nube de algodón dulce, como el que venden en las ferias, me encontré la figura de San Agapito Cenicero. No es que yo supiera que era San Agapito sino que en la túnica tenía puesta una ficha, como las niñas del Supersol, donde ponía su nombre y que pertenecía a la Asociación Oficial de Santos.
San Agapito Cenicero, mientras que yo me subía la cremallera porque no es plan que se te aparezca un santo con la cremallera bajada, mojó su dedo pulgar sobre una palangana que portaba en su otra mano y la extrajo manchada y me hizo una cruz sobre la frente y pronunció estas palabras. Carnavalero meón, en Miércoles de Ceniza se produce tu conversión. Abandona el pasodoble y los cuplés agrios y a partir de este momento sólo pensarás en asistir a quinarios, besapiés y septenarios.
Tras imponerme la ceniza San Agapito se alejó de mi a velocidad de moto de la Policía Local y desapareció por encima de la azotea con destino a quien sabe donde. Yo no pude reprimirme, me acerqué a una que iba de florero y le quite 7 petunias y tres margaritas. ¿Qué hace coóne? Me dijo la tía. Yo le debí de poner tal cara de santidad que la pobre mía me ofreció una dama de noche que llevaba de pasada y medio bocadillo de tortilla que llevaba en la boca. Todo el mundo me miraba y me abría paso como si yo fuera Moisés abriendo las aguas. Incluso un tío que se estaba bebiendo a gollete una botella de ron, la tiró al suelo a mi paso. Cogí San Martín arriba y me postré con las flores delante del cuadro del Cristo que hay en Santa Cruz. Allí me quedé quieto hasta que por la mañana abrieron la Iglesia y desde entonces allí estoy al lado de la urna del Santo Entierro dándole besitos. La luz se ha hecho en mí...pero darme un poquito de agua que tengo la boca seca de tanto cariño.



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