La Voz de Cadiz
Miércoles, 1 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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'Academia'
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El presidente de la Academia de la Televisión, Ignacio Salas, ha dimitido. La causa: nadie quiere emitir los premios de la ATV, que se fallarán el 28 de abril. ¿Por qué ninguna cadena los quiere emitir? Porque estos premios, resueltos y decididos en el propio acto, atienden a valoraciones neutrales, de calidad, con criterios profesionales; o sea, que no se premia el 'share', sino la factura objetiva de los programas. Así las cosas, una cadena puede encontrarse con que está transmitiendo una gala donde la cadena más premiada es la de la competencia. La última vez, la gala de la ATV la ofreció TVE y el resultado fue desolador: un mal espectáculo. Pero hay que recordar que sólo TVE se había mostrado dispuesta a acoger la ceremonia; ahora, ni siquiera eso. Por decirlo en dos palabras: la Academia trata de estar por encima de la rivalidad de los canales y concede el protagonismo a los profesionales que hacen la televisión, pero quienes mandan en los canales no son los profesionales, sino los empresarios. Cualquier acuerdo es imposible. Salas, que ha sido un buen presidente, se ofrece como víctima para reparar los daños, pero nos tememos que esto no es sino el final de la Academia.

Frente a esa máquina gigantesca que es la tele, el espectador sólo tiene dos escudos: los poderes públicos y los propios profesionales. Los poderes públicos pueden proteger al espectador a través de los consejos audiovisuales, pero en España esta fórmula queda demasiado expuesta a la presión de los partidos. El otro ámbito, el de los profesionales, puede convergir con las demandas de los espectadores desde instituciones como, precisamente, esta academia; pero la dimisión de Salas confirma que, en España, los profesionales pintan bien poco en la tele, que ya no es un medio de comunicación, sino un soporte comercial de espectáculo. Quizás ocurre que la televisión ya no puede ser ni un arte ni una ciencia, y por eso no cabe una Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión. Tal vez sea inevitable, pero también es deplorable.



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