Tenía una pinta que parecía que se había comido todo el menudo que le sobró de la olla en el año 99. Yo no sé si pensar que hasta le vino bien la suspensión del sábado porque con lo grueso que está y mucho más desde que sabía que iba a ser pregonero, hasta le dio tiempo engordar en dos días. Incluso con arte se lo recordó a la alcaldesa. «Sabías que estaba gordo pero te has pasado al montarme un escenario tan grande».
Tiene el don natural de la gracia y el borderío lo deja en Leningrado, el mismo lugar desde donde nos trajo su última chirigota hasta este año. Aquellos rusos, en un español perfectamente entendible, nos cantaban en un pasodoble que no sabían decir palabrotas.
Gran parte de lo que tiene se lo debe a su inseparable Chano que fue el que lo metió en la radio. Por eso el lunes fue agradecido y dejó a su compadre que leyera la primera parte del pregón. Bueno, gentil y cómodo, porque así aprovechó para echarse una siestecita que, como le suele ocurrir, se prolongó más de lo debido.
Cuando terminó de deleitar a los presentes se fue con los suyos a cantar a San Agustín. Ciertamente no sé si renunció a la cena oficial que se ofrece al pregonero, aunque viendo el tipito del tipito en cuestión me resulta difícil. Lo normal es que se la comiese el sábado pese a la suspensión del pregón. Mientras disfrutaba de su éxito, sus compañeros sevillanos de El Pelotazo agotaban el catálogo de piropos. Y es que nuestro guerrero de la gracia, en su particular cruzada, también tiene mucha «culpa» de que Cádiz y Sevilla se quieran ahora tanto.
En 1986 la comparsa Soplos de Vida se alegraba de que Cantinflas fuese pregonero porque «igual que provoca la risa muchas veces nos hace llorar»
A nuestro guerrero de la gracia, la voz casi se le entrecortó al final cuando exclamó «Cádiz te quiero». Pero verte llorar ya hubiese sido muy fuerte. Enhorabuena y gracia de parte de unos muchos.