Antonio Burgos - EL RECUADRO

Madrugada en noviembre Antonio Burgos

Siempre que sale el Gran Poder, sea la hora que fuere, es Madrugada de Luz en la ciudad de su Señorío

ANTONIO / BURGOS - Actualizado: Guardado en:

LO escribió aquel poeta al que le sangró la memoria de su Sevilla, que escogió el camino más corto para herirle con el recuerdo de su padre, en el patio, con su túnica, saliendo de la calle Reyes Católicos camino de San Lorenzo: «Salgo de esta Madrugada / medio loco y medio muerto.» Si Rafael Montesinos salió medio loco y medio muerto de aquella Madrugada, yo salgo igual de esta otra que vivimos anoche. ¿No acaba algunas veces a las 12 de la mañana o a la 1 de la tarde la Madrugada de la primera luna llena de la primavera, cuando marca la hora el reloj loco de la calle Verónica, o de Pureza, o del Arco? Pues de igual modo, anoche vivimos una verdadera, por contradictoria, Madrugada de Sevilla: a eso de las 7 de la tarde, a las 9 de la noche. ¿Para volverse loco? No, para encontrar la Verdad de Sevilla: siempre que sale el Gran Poder, sea la hora que fuere, mañana, tarde, noche, alborear o atardecer, es Madrugada de Luz en la ciudad de su Señorío. ¿Que los que desamortizaron iglesias y derribaron conventos abolieron los señoríos jurisdiccionales, dice usted? Eso es un embuste muy grande cuando sale el Gran Poder: se para el paso, se para el tiempo, Le miras Su cara renegaría, su Potestas et Imperium, y reconoces que en su Señorío de Sevilla es el amo y dueño de las vidas y alejador de las muertes. La Sevilla que El creó. Cuando Dios creó el mundo, lo que mejor le salió fue la ciudad del Señorío de su Hijo hecho, en San Lorenzo, Hombre de emociones y de devociones, de memoria, de sentimientos de un pueblo.

¿Y esa Divina Zancada? En Sevilla nos gustan los toreros que echan la pata alante con arte. El Señor de San Lorenzo fue un Valiente, que se echó la Cruz a la izquierda y la pata alante en su Zancada para salvarnos. Con mucho arte. Por eso llega, Lo paran y se para el tiempo. Como paran los relojes las muñecas de esos toreros que echan la pata alante por verónicas. Junto a la mujer Verónica fue cuando nos fijamos en la pata alante de la Zancada del Señor que los toreros llevan bordado en sus capotes de paseo; El que está en los azulejos de los patios de pilistras; El de los cuadros de los puestos de las plazas de abasto; El que algunos llevamos siempre muy cerca del corazón que siguió latiendo por su gracia.

Salgo de esta Madrugada en noviembre medio loco y medio muerto, como Montesinos, porque anoche se hizo la Luz. La Luz de su Verdad, de su Gracia, cuando Lo vi venir por la calle Orfila y enfiló la calle Cuna. La calle Cuna, tan suya, tan antigua, tan de aquellos parones de la cera color tiniebla. La calle Cuna que tantas veces recorrió también se había vuelto loca, como todos los que anoche, acabado de anochecer, vivimos esta Madrugada en noviembre. El Señor se puso antiguo cuando entró por Cuna sevillanísimamente: en contramano. Parecía que no sólo había parado los relojes, como hace siempre cuando nos corta la respiración al verLo, sino alterado los espacios. Como creó el espacio y el tiempo, hace con ellos lo que Le da la gana. ¿Era Cuna o era la vieja calle Francos en la que la luz de aquel farol querido se reflejaba en el cristal de los escaparates de Los Caminos o de la librería de don Pascual Lázaro? ¿O eran las Misiones Generales y el Señor iba camino de Nervión, porque no quería que dejara de verlo Araújo el del Sevilla y quería retar, tan Hombre, el desafío que le hizo, emberrechinado por el dolor? ¿O es que habían terminado las obras de la Basílica, y que como a otros sevillanos en el Polígono o en Los Pajaritos, al Señor le habían dado un piso propio en San Lorenzo tras la riada del Tamarguillo? ¿O era que había acabado la guerra, la cruel guerra, y las mujeres que no habían tenido que ponerse un mantón negro por su hijo muerto en el frente iban detrás, dándoLe las gracias? Yo ya no sé, porque anoche El que me alargó la vida me dejó, como siempre, sin pulso. Yo lo que sé es que salgo de esta Madrugada en noviembre medio loco y medio muerto, sabedor de que el Gran Poder es el Vencedor del Tiempo: para los relojes cuando con su Zancada, la morada túnica lisa al viento de media verónica, echa la pata alante para salvarnos.

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