Antonio Burgos - EL RECUADRO

Los cien cafelitos Antonio Burgos

¿Cuántos habitantes hay en Sevilla? ¿690.000? Pues sin exagerar existen 690.000 formas diferentes de pedir el café

ANTONIO BURGOS - Actualizado: Guardado en:

Hablábamos el otro día de la afición del sevillano a desayunar en la calle y nos aventurábamos a proclamar que Sevilla es la ciudad más cafetera del mundo. Puestos a hermanarnos con ciudades, como hemos hecho con Medina de Rioseco, tendríamos que hacerlo con la que fuese Capital Mundial del Café, y que debe de andar por Brasil, por Colombia, por algún país africano de colonización portuguesa. Por cierto: ¿se acuerdan de cuando se traía café de contrabando desde Portugal, supongo que procedente de las colonias lusas de África? El contrabando de tabaco de ahora era nada al lado de aquel mágico contrabando de café de caracolillo, cuando escaseaba y te daban achicoria o malta, y en un bar pusieron un letrero con los precios, que decía:

«Café, 0,25 pesetas.

«Café-café, 0,30 pesetas.

«Café-café-café por la gloria de mi mare, 0,50 pesetas».

Ya todo el café que se toma en Sevilla es, gracias a Dios y a las benditas libertades de comercio, de esta última clase: café, café, café por la gloria de mi mare. En el bar de peor aspecto se toma el más maravilloso café.

A la sevillana.

¿Que cómo es el café a la sevillana? Pues es el café caprichoso. ¿Cuántos habitantes hay en Sevilla? ¿690.000? Pues sin exagerar, que para eso somos sevillanos, me atrevo a decir que en Sevilla existen (al menos) 690.000 formas diferentes de pedir el café en el bar. Digo al menos porque hay quien lo pide depende de la hora: que no es lo mismo el primer café del día, el de despertarse, que tiene que ser bien cargadito, que el del desayuno de media mañana o el de después de comer. Eso del café solo y el café con leche es de por ahí, que son unos simples, unos tíos faltos de imaginación. El sevillano le echa tela de imaginación y más todavía a su capricho o manía a la hora de pedir el café en la barra del bar, o sentado en uno de los siete mil cuatrocientos millones de veladores que hay en las aceras para que los peatones no podamos caminar por la ciudad más hermosa, que están poniendo como la más horrorosa del orbe, gallina de huevos de oro que estamos matando.

El café, de momento, puede ser café o descafeinado, en este mundo «sin» en el que nos movemos. Pero en Sevilla el descafeinado no se llama así. Así se le dice en casa. En la calle, el descafeinado es «de máquina». Con elisión de la propia palabra «café». Lo más simple es que el camarero de la barra pida al que maneja la máquina como Remedios Amaya manejaba su barca para pegar el petardo en Eurovisión:

—¡Que sean dos con leche y un solo de máquina!

Eso es el catón. Que puede complicarse, hasta el infinito, con sólo variar el continente de ese contenido:

—¡Que sean dos con leche, uno de ellos en taza, y un solo de máquina también en taza!

A partir de ahí vienen más variaciones que en los repertorios de música barroca: cortado, corto de café, largo de leche, leche manchada.. Y las variaciones sobre la leche son lo que su mismo nombre indica: la leche. El café puede pedirse con la leche muy caliente, con leche templada, con leche fría. Y por si fuera poco, ahora hay quien pide leche desnatada e incluso la moda de las modas: leche sin lactosa. Así que a pocas matemáticas que sepan, tomen estos cuatro elementos, café, leche, vaso, taza, más descafeinado o con cafeína, más con lactosa o desnatada, más fría, templada o caliente, y verán los cientos de combinaciones que les salen. No creo que fuese sevillano el del «Café para todos» cuando en la Transición cada autonomía pedía su estatuto largo de competencias en educación o corto en ferrocarriles de vía estrecha. Animo a los amigos de Restalia que al modo de Los Cien Montaditos, monten por toda España una cadena de bares muy a la sevillana: «Los Cien Cafelitos», con todas sus variaciones posibles y con sus correspondientes camareros malajes de reglamento. Aunque quizá me quede corto. Los sevillanos tenemos bastante más de cien formas distintas de pedir el café, todas tan rituales y tradicionales como la Ronda del Jueves Santo o las patillas del muñidor de la Mortaja.

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