Manuel Contreras

Volver a 1979 Manuel Contreras

La cuestión, como en el congreso de la dimisión de Felipe, es si el PSOE quiere ser socialdemócrata o pseudocomunista

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La cuestión, como en el congreso de la dimisión de Felipe, es si el PSOE quiere ser socialdemócrata o pseudocomunista

En mayo de 1979 Felipe González presentó su dimisión en el XXVIII Congreso del PSOE después de que su propuesta para que el partido abandonase el marxismo cayera derrotada. Tras las elecciones del 1 de marzo, que ganó UCD y en las que el PSOE obtuvo un resultado por debajo de las expectativas, el joven secretario general había concluido que el socialismo no podría gobernar en España mientras llevase en su mochila el lastre del marxismo. Felipe planteó un órdago en el XXVIII Congreso al grito de «¡hay que ser socialistas antes que marxistas!» Pero las bases del partido se aferraban a las coordenadas clásicas del PSOE y su tradición ideológica, representada por Francisco Bustelo y Luis Gómez Llorente, cuya propuesta se impuso con el 61 por ciento de los votos. Se dijo entonces que Santiago Carrillo había ganado desde su casa el cónclave socialista. La dimisión de González provocó el nombramiento de una gestora presidida por José Federico de Carvajal, que dirigió el partido hasta el congreso extraordinario de septiembre de ese mismo año, en el que Felipe retomó el control del partido y lo alejó de la extrema izquierda. Sólo tres años después lograba el histórico y aplastante triunfo electoral de 1982, punto de partido de un dilatado periodo de gobierno del PSOE en el que se modernizó España.

Casi cuatro décadas después, el socialismo español vuelve a situarse en una encrucijada similar, porque el fondo de la disputa actual, aparte del intento desesperado de Sánchez por sobrevivir, es la definición del espacio ideológico del PSOE: mantenerse como una socialdemocracia con vocación de acaparar el centroizquierda o echarse en brazos del neocomunismo para fomentar un frente popular en el que tendría cabida incluso el radicalismo independentista disfrazado de cordero. Los partidarios de Sánchez enfocan la actual disputa desde un reduccionismo interesado, como si la cuestión fuera Pedro o Susana. Un planteamiento maniqueo en el que Pedro significaría castigar a Rajoy y Susana la absolución del PP. Pero lo que debate el socialismo español en estos cuatro días frenéticos no es la abstención en la investidura de Rajoy, sino la naturaleza política del partido. Los cimientos de su edificio. El desvarío de Rodríguez Zapatero y la huida hacia delante de Sánchez han devuelto al PSOE a la encrucijada de 1979, a la necesidad de definir qué quiere ser el partido de mayor, socialdemócrata o pseudocomunista. La diferencia entre una época y otra estriba en el secretario general; González se jugó el órdago de la dimisión porque sabía que el tiempo jugaría a su favor para centrar el PSOE, mientras que Pedro Sánchez se aferra a su sillón y ya ha dicho que no piensa irse aunque pierda el comité federal del sábado. Felipe, con sus virtudes y defectos, era un estadista; Sánchez un político desesperado dispuesto a precipitar al socialismo español por el precipicio del extremismo antes que ceder los mandos del partido.

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