DELIRIUM TOPIC

#Veneno

Te asomas a la ventana mientras él camina calle abajo, con la cabeza alta y orgullosa, feliz de estrenar su condición de ciudadano

Daniel Ruiz
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Estábamos avisados de las largas madrugadas en vela, de los llantos destemplados partiendo en dos las noches y en mil los nervios, del dolor de riñones cuando estuvieran aprendiendo a andar. De lo difícil que sería acostumbrarse a reordenar los afectos, domeñar el cansancio y también asumir las nuevas rutinas. Los niños, te dijeron, se lo llevan todo.

Nadie nos advirtió, sin embargo, de que aquello era apenas el comienzo. Porque es ahora que empieza a salir solo, con los ojos brillantes transidos de ilusión y vértigo, dispuesto a desenvolverse sin abrigo, cuando uno comprende la proporción de la entrega. Se visten como personas, se peinan como personas, actúan como personas pero en realidad son extremidades cercenadas de nuestro propio cuerpo. Las mujeres los sienten latiéndoles en el vientre, allí donde estuvo una vez el cordón umbilical, y nosotros los extrañamos como un muñón que percibe la ausencia sorda de un miembro amputado. Creímos hacernos maduros cuando conseguimos un trabajo, nos independizamos, posamos orgullosos en las fotos con nuestros bebés recién nacidos. Pero la verdadera madurez, la más severa e implacable, es esa que lucha encarnizadamente contra el terror que recorre los meandros de tus venas como un veneno cuando escuchas que la puerta se cierra. Te asomas a la ventana mientras él camina calle abajo, con la cabeza alta y orgullosa, feliz de estrenar su condición de ciudadano, dispuesto a conocer, a amar y a sufrir. Y mientras te haces sangre para extirpar el veneno, mientras golpeas el vacío como un boxeador borracho, sólo quisieras ser invisible para poder abrazarlo todo el tiempo, para poder protegerlo como una coraza frente a cualquier dolor.

Nos contaron muchas cosas. Que ser padres iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.

Daniel RuizDaniel RuizArticulista de OpiniónDaniel Ruiz