EL RECUADRO

Vencejos del Villamarín

Yo os sabía abonados viejos dela plaza de los toros. Pero no sabía que erais también socios del Betis, mis queridos vencejos

Antonio Burgos
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Entre unas cosas y otras, hogaño os tengo muy abandonados, aunque nunca olvidados, mis queridos vencejos de Sevilla, heraldos de la Semana Santa, del abono de los toros en la plaza del Arenal, carráncanos voladores de las procesiones sacramentales de Su Divina Majestad, fieles cada primavera a este azul «Cielo Andaluz» que Tejera le toca siempre a Manzanares, en el que ya empiezan a barruntarse los estallidos de los cohetes anunciadores de la novena del Rocío de Triana. Pasó la Semana Santa, cuando la lluvia impidió que le quitarais las espinas al Señor de la Corona en el Patio de los Naranjos, y no hablé de vosotros, despertadores de la Luz, de la Luz de la Verdad, cuando el Gran Poder se va acercando al Museo, que en esas horas es la ciudad entera. Pasó la impaciencia del riá, pitá de las muchachas en flor en las vísperas de la Feria, y de los trajes de flamenca viniendo de la tintorería, y no hablé de vosotros. Ni hablé, como cada año, ritualmente, cuando bajabais al albero del Baratillo para comprobar cómo alisaba el albero, cual solano de las marismas, el hocico de «Orgullito» cosido a la muleta arrastrada de El Juli.

Por eso ayer muy de mañana, haciendo una caminata de lunes como si fuera a rezarle a San Nicolás, al pasar por el campo del Betis me disteis la protesta con el quejido casi flamenco de vuestro sonido y me echasteis la bronca. Mirando a aquel cielo de sus verdes praderas, me acordé de mi querido padre don Ángel Martín Sarmiento, capellán del Glorioso, y por lo bajini, de corazón, le dije al pasar por su Colegio Claret: «Me acuso, padre Sarmiento, de que este año no he escrito de los vencejos, hermosura de los cielos de Sevilla en primavera que nos hablan de la grandeza de cuanto Dios creó para hacer más bella la tierra de su Madre, La que está junto a los dos arcos, Pura y Limpia en el Postigo, Esperanza en la Macarena».

Y os escuché, como viejos socios del Betis que sois, revoloteando sobre el cemento de Preferencia y estrenando el Gol Sur. Imitando no sé si a Joaquín, a Rogelio o a Gordillo en vuestro avance por la banda y vuestros regates a la limpieza del aire de la mañana, dueños de estos cielos, orgullosos de esta tierra. Pasabais, vencejos del Villamarín, sobre las aceras alfombradas por la blanca petalada de las acacias en flor. Y pensé que, claro, igual que descendíais al ruedo del Arenal para ver cómo un Faraón bajaba la mano frente a aquellos seis toros de Urquijo, como sois el sanseacabó de la sevillanía, también tenéis que bajar desde el alto cemento al verde césped de las praderas del edén de la gloria de las trece barras. Estuve por contar los que estabais, vencejos futbolistas del Villamarín; seguro que erais exactamente trece, como las barras que diseñó el capitán Añino cuando la República, para que al quitarle la corona real a nuestro círculo mágico con las dos B de Betis Balompié entrelazadas, los enemigos no dijeran, guasa, que aquello no era un escudo, sino una torta de Castilleja.

Yo os sabía abonados viejos de la plaza de los toros, como Fernando Ortega, el decano de los que pasan por taquilla para retratarse ante Pagés, según recordaba ayer un nazareno del Silencio llamado Andrés Amorós. Pero no sabía que erais también socios del Betis, mis queridos vencejos, con el carné del sufrimiento y de la gloria, del fracaso y de la victoria, como las mismas dos caras de Jano Sevillano juntas en una afición que es una filosofía de la vida.

Espero, pues, que hoy, cuando me veáis pasar en diaria peregrinación junto al campo de nuestro glorioso Betis, no me echéis la bronca, como ayer me la disteis con toda la razón. ¿Que si en el Sánchez Pizjuán no hay también vencejos, que son todos béticos, como San Fernando? No sé: yo esa parte del Sánchez Pizjuán la tengo delegada en mi querido y leído José Félix Machuca, a quien quizá haya otros vencejos que le digan que ellos también son del Sevilla «Fobaclú», como llamaban al club las lenguas antiguas.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos