CARDO MÁXIMO

La trampa de la memoria

Con la argamasa del recuerdo, construimos un irredentismo sentimental que nos identifica como superiores

Javier Rubio
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Ese era el nombre de una fuente de cristal veneciano que el anterior duque de Alba, iluso él, pensó para la calle Torneo en vísperas de la Expo. Tan frágil material fue objeto de los vándalos desde el primer día y al final hubo que desmontarla y olvidarse del monumento con tal nombre, metáfora cumplida de su propio título porque, en efecto, la memoria resulta ser una trampa.

Ahora andamos enredados con los cuarenta años de las manifestaciones del 4 de diciembre y mañana será el 39 cumpleaños (por abreviar) de nuestra Constitución de 1978. Entre el Primero de Octubre de 1936 y el 20 de noviembre de 1975 transcurrieron exactamente 39 años y casi dos meses que, por abreviar también, hemos convertido en cuarenta años.

La trampa de la memoria es la que hace que nos quedemos petrificados si miramos atrás. Y tiñamos de nostalgia todo lo que nos sucedió cuando éramos jóvenes y el mundo nos sabía a poco, no ahora que desayunamos con el acíbar de las contrariedades y bebemos lágrimas. La generación de nuestros padres, a la muerte de Franco, decidió dar por amortizados aquellos cuarenta años y mirar hacia delante. No otro fue el éxito de la Transición: ellos se zafaron de la trampa de la memoria.

La nostalgia no es buen cimiento para construir ningún edificio, pero rinde excelentes réditos en las urnas. Lo dice el himno que hace cuarenta años aprendimos a cantar apresuradamente: «Los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos: hombres que a los hombres alma de hombres dimos». ¿Lo que fuimos? Hemos construido, con la argamasa del recuerdo, un irredentismo sentimental que nos identifica como superiores en el pasado, al que tenemos que volver. Ese era el ideal andaluz de Blas Infante y de ese ideal participamos cada vez que caemos en la tralla de la memoria.

Todo lo bueno, lo hermoso o lo necesario sucedió alguna vez en el pasado y solo tenemos que volver a esa Arcadia amojonada con los hitos de la memoria para alcanzar nuestro máximo desarrollo: ya sea una multitudinaria manifestación en la que el genio de un pueblo se expresó pacíficamente o la adulterada historia de la convivencia pacífica y el esplendor islámico.

No es mirando hacia atrás, sin ira por supuesto, como se construyen las sociedades sino mirando hacia delante, esperando que el futuro traiga mejores oportunidades para todos en vez de recurrir al folklorismo de la blanca y verde desplegada al viento en el que nadie —y quienes la agitan, los primeros— ya cree. Hace cuarenta años del 4-D. Bien, y qué. Ojalá tuviéramos el coraje de lanzarnos al futuro sin mirar atrás como hicieron nuestros padres hace, también es casualidad, cuarenta años.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio