LA TRIBU

Tormenta perfecta

Tiene prisas la tormenta, porque sabe que hay cientos de miles de voces que la piden

Antonio García Barbeito
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No te equivoques. No pienses en truenos y rayos y viento huracanado, envuelto todo en el celofán inimitable de una lluvia abundante, urgente, empeñada en meterse en las entrañas de la tierra. Aquí, por más que los pantanos estén como bolsa de pobre o como ubre de cabra africana, la tormenta más celebrada no viene del cielo, sube al cielo, que es distinto. La tormenta perfecta, aquí, suena —golpe o redoble de baquetas— en la estirada panza de los tambores; y los rayos, cuando dicen aquí estamos, son afiladísimas agujas que escapan por la brillante azucena dorada de la corneta. Tormenta perfecta.

Antes de que el enero descargue su compromiso de lluvias; antes de que los fríos dejen de encogerle la piel al acero y la flor del almendro sea un alegre vuelo vestido del sol sin soltarse de la rama, la tormenta ensaya sus truenos, sus rayos, su impaciencia de sonidos primaverales que se vienen al invierno dispuesta a expropiar terrenos, tan pugnaz, cueste lo que cueste. Tiene prisas la tormenta, porque sabe que hay cientos de miles de voces que la piden. El año, por enero, tiene algo de planta hidropónica que necesita frutar cuanto antes bajo los plásticos de los invernaderos, ese trasunto de palio vegetal. Tormenta perfecta. Una tormenta que sólo sabe tronar en una dirección, que nace y vive para su recreo y para delirio de muchos. No te equivoques: la única tormenta cierta, o la que conviene tener por tal, es esta que se nos viene llena de tambores en la cadera y de cornetas que parecen una pajarería que chillara agónica sobre las brasas del aire que ya quema, por cercano, con fechas muy señaladas. Tormenta perfecta. No hay otra. Y si la hay, que la haya, porque la que de verdad se pide, se quiere y se alaba es esta que reta a las noches crudas de enero, arrinconada en un polígono, en un descampado, donde sea. Floreció la tormenta, sí, porque es flor, aunque cueste admitir como flor ese ruido atronador de los tambores y el griterío desesperado de las cornetas. Vienen los chavales, solos o con su novia, y traen con ellos los avíos del tormentón, enjambre que labra en el invierno las mieles que se vendrán cuaresmales y que habrán de disfrutar los sentidos, cuando un oleaje de belleza alzada se dé a la pleamar del delirio. Tormenta perfecta. Esta, no hay otra. Y si la hay, siempre será menor, irrelevante. Índice y pulgar para dormir un redoble o golpear como quien se empeña en ser el latido del corazón de la tarde; los labios, todo postura de perfección para conseguir las notas exquisitas o el larguísimo sostenido. Tormenta perfecta. Dejémosla que truene.

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