LA FERIA DE LAS VANIDADES

Torcuato Fernández Miranda

Si hay que reformar la Constitución, hágase. Pero cumpliendo con los mecanismos que ella misma prevé

Francisco Robles
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El pasado miércoles, vulgo antier, se celebró el día de la Constitución. Por la noche, Televisión Española tuvo el acierto de emitir un documentado docudrama sobre Torcuato Fernández Miranda, el cerebro gris de la Transición, el borgesiano hacedor de aquella ley que sirvió para que no se reabrieran las trincheras del guerracivilismo que algunos quieren resucitar al cabo de ochenta años. Gracias a la inteligencia, al pragmatismo y a la valentía de don Torcuato, el consejero del Rey, pudimos pasar de una dictadura a una democracia de forma pacífica, ejemplar para los países democráticos de Occidente, valga la redundancia: al otro lado del telón de hacer había eso, la tela del telón en forma de sangrienta represión. Lo hicimos de forma pacífica aunque el terrorismo de la ETA siempre estuvo ahí con la vocación de cargárselo todo. Para que ahora vengan los de siempre a decirnos que no fueron tan malos, y que no debe haber vencedores ni vencidos.

Es hora de que alcemos la voz los que creemos que aquella Transición fue mejor, infinitamente mejor, que el paraíso que nos prometen los demagogos del populismo actual. Van de superiores morales por la vida cuando hunden sus garras en el comunismo, un sistema que ha acabado con la libertad y con la vida de los seres humanos allí donde se ha instalado. Esos que niegan la validez democrática de nuestra Transición son los enemigos de la democracia, por muy paradójico que resulte. Y hay que estar atentos: lobos con piel de cordero. O con cazadoras o parkas en la recepción del 6-D, como si ir vestidos de semejante forma sirviera para resolver los graves problemas que afectan a los más necesitados, o sea, a los que no cobran los generosos sueldos que el sistema les da a los que reniegan del sistema.

Si hay que reformar la Constitución, hágase. Pero dejando claro que su espíritu de concordia y de consenso debe seguir vivo en el texto reformado. No se trata de repetir los errores del siglo XIX, cuando media España le imponía su Constitución a la otra media. Ese consenso provoca urticaria en los totalitarios y los nacionalistas, pero eso ya lo sabemos de sobra. Y tenemos que enfrentarnos con sus tesis sin miedo a que nos digan fachas o cosas peores. Porque el que va por ahí llamando fascista a todo el que no piensa como él, es el verdadero fascista. O comunista, que para el caso de la negación de las libertades es lo mismo.

Y si hay que idear algo para que los incómodos nacionalistas se sientan cómodos, pues vamos a darle al magín. Pero todos. La pamplina del PSOE sanchista de llamar a unos cuantos catalanes mediáticos para que expliquen en el Congreso sus ideas al respecto es tan patética que no merece comentario. El nivelito ya no puede ser más bajo. Comparar esa frikada con el hercúleo trabajo de don Torcuato es imposible. Por es hay que recodarlo ahora. Si hay que reformar la Constitución, hágase. Pero cumpliendo con los mecanismos que ella misma prevé. Y repitiendo una de las frases más importantes de la historia de España. La que pronunció don Torcuato, ese rojo para los fascistas y ese fascista para los rojos. Una frase que nos ahorró nada más y nada menos que la tragedia de una nueva guerra civil: de la ley a la ley. Y punto y seguido.

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