CARDO MÁXIMO

Todo lo demás

La fama, el dinero, los sentimientos y el miedo son los fuegos fatuos del espíritu

Javier Rubio
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La fama, los halagos, el aplauso rendido de un admirador, la vanidad inflada, los reconocimientos, el premio infantil en el concurso de redacción de la Caja San Fernando, las palmaditas en la espalda, los egos inflamados, la medalla de oro en aquel campeonato colegial, los méritos conseguidos a pulso, las victorias incluso las pírricas, los triunfos recolectados, las palabras bonitas, el orgullo de sentirse escuchado, el amor propio engallado como un pavo real, la soberbia de saberse más guapo o más listo o más leído o más bondadoso o más cariñoso.

El dinero, los regalos, la casa, el coche de veinte años, la visión al atardecer del puente de las Américas en Panamá, las propiedades, la cotización de la cartera de valores, los fondos de inversión, las disposiciones en efectivo, la ropa cara, los zapatos de doscientos euros, las plumas estilográficas, los libros que se amontonan en la estantería invadiendo las estancias, las fotos de los seres queridos, las joyas, los óleos de firma, las cenas con los amigos, la cocina de autor, los hoteles de cinco estrellas, la tableta en que escribo, los perfumes.

Los sentimientos, las emociones, los besos, las caricias, los arrullos, las tardes en el sofá con una mantita por encima, las escapadas locas de la juventud, aquella tarde en que Linford Christie ganó en Barcelona, las palabras susurradas al oído, las manos entrelazadas sobre la butaca del cine donde vimos «La rosa púrpura de El Cairo», la emoción de los buenos momentos, la felicidad a sorbos en el fondo de una copa, las noches de juerga interminable, la alegría de las horas compartidas, el rumor de las olas.

Y el miedo. Las angustias, los temores, la inseguridad que atenazan como grilletes, las noticias que te dejan estupefacto, los rencores casi olvidados, los adjetivos que hieren como espadas de doble filo, la desesperanza cuando decaen las propias fuerzas, la anticipación de los sufrimientos, los agobios en el trabajo, la ansiedad que no deja vivir el presente, el pasado que se hunde en la memoria como un garfio, el futuro que noquea con la fuerza de un rompehielos. Los diagnósticos, los dos golpetazos en siete meses, la mala salud de hierro, los años nefastos, los quirófanos, los días torcidos, las biopsias, las semanas que nunca acaban, la decrepitud de la edad, la decadencia física o intelectual, la desmemoria, la incapacidad, sentirse herido o lastimado o inútil, a merced de los demás, pendiente de que te traigan o te lleven. La envidia de quienes son más altos o más fuertes o más agraciados, todas las miserias humanas que se esconden en los recovecos de la enfermedad, el mal y los resentimientos.

Nada de eso vale nada. Nada. Cuando te hayas desprendido de todo eso, lo bueno y lo malo, entonces y sólo entonces podrás experimentar la verdadera felicidad con todo lo demás.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio