Félix Machuca

Todo acabará mal

«El relato soberanista es de la alta burguesía y prima su racismo»

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«SÍ, claro, estuve en la manifestación y puedo decirte que me llevé una gran sorpresa. No solo por la cantidad de personas que dejaron el miedo tras los visillos del silencio y se atrevieron a mostrarse tal y como son, tal y como piensan. Me sorprendió ver, quizás por una sola vez en su vida, juntos y compartiendo los mismos sentimientos a mucha niña mona de Bonanova, a los quillacaos (canis) de Santa Coloma, a la charnegada entera, a gente de fuera y todos, en su mayoría, al menos por la parte que yo paseé, hablando en castellano. Nunca había visto tanta transversalidad en una cita de este tipo. Los otros no. No vi a ninguno de los ocho apellidos catalanes, renta alta y llamándose Jordi, Arlet o Queralt. Esos se quedaron en casa. La alta burguesía catalana es independentista, supremacista y racista. Yo creo que, gran parte del relato secesionista, se sostiene sobre un fuerte componente étnico. Se sienten mejores, superiores, como el pueblo elegido por Dios y comulgan a diario con la idea de que hacen caridad con el resto de España. Gracias a ellos, el resto de españoles, vivimos de su generosidad, siempre, eso sí, dos escalones más abajo de su inalcanzable autoestima. Se tapan la nariz cuando ven a un catalán casándose con una extremeña. Ni te digo si te casas con una morita. ¿Que se han visto muchos emigrantes norteafricanos y orientales en las manifas de los independentistas? Cierto. Pero te aseguro que es pura coreografía…

»Yo llegué aquí hace muchos años. No soy un nouvinguts, un recién llegado. Con una carrera terminada y pasta en el bolsillo para ampliar estudios y mejorarlos. Luego me quedé. Tuve buenos trabajos y sigo en ellos. Nunca fui un emigrante de los que pueblan el cinturón obrero de Barcelona. Mis amigos lo son de la Universidad donde trabajo y con los que me relaciono. Clases burguesas acomodadas y, en su mayoría, de rancio ascendente catalanista. Siempre me trataron con cariño, respeto y cortesía. Nunca me sentí charnego pero sí me siento español. Tampoco me siento catalán. Te diré algo. Tenemos una reunión semanal donde nos vemos para comer y charlar. Desde hace tres semanas decidimos acabar con esas reuniones. Ya te puedes imaginar las razones. Antes se hablaba de todo. Que fueras muy catalanista nunca había sido un elemento de distorsión en las relaciones personales. Eras soberanista como podías ser diabético, asmático o testigo de Jehová. Pero hasta ahí llegaba todo. Ahora se ha convertido en un monotema, en el único punto del orden del día del que se puede hablar. Y ahí saltan chispas y se quiebran muchas cosas. Como comprenderás no solo pasa con las amistades de trabajo. Lo más duro es que está pasando en las familias. Una locura.

»Mira, la manifestación del domingo, no ha hecho otra cosa que dejar muy claro que han roto Cataluña, que los que no hablábamos lo hemos hecho con claridad y que nadie aquí se va a conformar con ceder nada. Los independentistas no van a recular; el Gobierno de España imagino que se mantendrá en lo que tan claramente transmitió el Rey: que los que se situaron al margen de la ley vuelvan, regresen. Pero la gente espera que se encarcele a los sediciosos. Y hay sediciosos que en la cárcel se convertirían en héroes, en los bolívar de la emancipación. Pero algo habrá que hacer. No se puede dejar en las calles a gentes que han delinquido porque interpretarán que, incluso delinquiendo, son inmunes. Creo que esto no acabará bien. No encuentro salidas al laberinto. Claro que he pensando en volver a Andalucía. Pero me queda por delante un trimestre que tengo que cumplir. Espero volver antes de que me echen. Pero si algo tengo claro es que lo que se ha dejado pudrir en treinta años no puede sanarse en dos días.»

(Extracto de una charla con un profesor andaluz en una Universidad catalana)