LA TRIBU

Sin engaño

Cuando pasen estas lluvias, buscaremos la sombra como una bendición, huiremos del sol maduro de abril

Antonio García Barbeito
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Deja que llueva, no pasa nada; la primavera tiene largos tragos, y no sería extraño que mayo, cuando mayo se estire de soles, nos pidiera que le llenáramos el cantarillo. No olvides lo que decía el labriego: «En todos los charcos de la primavera se ha podido trillar…» Deja que llueva, que marzo y abril están siendo con el año como el hombre con deudas que ha cogido un alivio de dinero y está pagando en dos meses los atrasos. Lo mismo. Deja que llueva. A ver si vamos a tener que diseñar los años con fiestas todas de secano, como si la lluvia no fuera la fiesta principal de esta tierra, de estas tierras, de esta vida.

La lluvia en abril no es un dominio al que no se le pueda doblar el brazo, es un regalo. Cuando llueve en abril, por mucho que llueva, la primavera ya ha dejado claro que llueve sobre tu territorio, y ahí no hay engaño. Marzo puede hacernos creer que el invierno se alargará uno o dos meses, pero abril es abril, y cuando abril se despereza entre las nubes en busca de sus cielos, el cielo que aparece, el que vemos, el que la luz de abril palpa, es cielo abrileño, cielo hecho a su medida, cielo inequívoco, cielo entero, cielo al que ya nadie le va a ganar, por mucho temporal que venga y mucha agua que caiga. Se entolda el cielo, ventea, se pone crudo el día por abril y hay quien se cree que es hora de montar el Nacimiento. No, tranquilos. Abril puede engañar a alguien con la lluvia, con días nublados, con vientos que amenacen, pero abril tiene sus señas de identidad bien definidas, y cuando se viste de abril, sus armas son sus armas, ropas transparentes, tocado de azul y escudos de oro, y la seguridad de que nadie va a desarmarlo. Es verdad que están aquí los toros, la Feria, los días de paseo, y no es lo mismo la luz que la lluvia. Pero abril será abril cuando abra los brazos y diga el aire es mío. No hay engaño. Los abriles siempre han tenido puestas las aguaderas, y muchas veces, muchas, hemos pedido que las vuelque sobre la sequía. Ahora que las vuelca, démosle las gracias y seamos considerados, y disfrutemos de los esplendorosos días que nos va a regalar, seguro, sin engaños, cuando abril lo considere oportuno, se corran toros o no, se bailen sevillanas o no, se prepare el Rocío —sí, ya hay quien lo está preparando— o no. Cuando pasen estas lluvias, buscaremos la sombra como una bendición, huiremos del sol maduro y sin engaño de abril. Nos conocemos, abril y nosotros. Y cuando abril flaquee y se empine mayo, que Dios nos coja confesados, porque ahí sí que no hay vuelta atrás: todo el territorio que nos quede por delante será infernalmente innegociable.

antoniogbarbeito@gmail.com

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