LA TRIBU

La selección

Son los oscuros, los resbaladizos, los esaboríos, los blandos de todo...

Antonio García Barbeito
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Me dio miedo cuando le dijiste a tu compadre, en aquel vino de tres que nos tomamos en la taberna, que habías llegado a un momento en tu vida en el que tenías muy claro que quien no te servía como persona, no te servía como nada, fuera papa, general, director de todo, rico podrido, famoso, influyente o brillantísimo: «Si alguien no me sirve como persona, lo dejo pasar, que busque a otro: no me sirve. He tenido que sufrir mucho a la mala gente para darle alguna otra oportunidad.» Tu amigo reforzó tus palabras con una frase iluminada —como tantas suyas— de Julián Marías: «El éxito de muchos hombres depende de su capacidad para ser utilizados; los que no se dejan, corren el riesgo de que se les vuelva la espalda.»

Te habían vuelto la espalda, y te dolía ese guantazo sin mano —el impune castigo del cobarde— de gente que, ese día de la taberna, tú tenías ya seleccionada: «Obsérvalos, estúdialos, verás que se tocan, que están emparentados por algo. Son los oscuros, los resbaladizos, los esaboríos, los blandos de todo, los cobardes, los que buscan sicarios de silencio para asestarte el golpe, los que llevan acíbar en la comisura de la boca, si hay que ejecutar, y aumentan un sialismo obsecuente cuando tienen que conseguir —siempre arrastrándose, claro— favores de uno más poderoso; esa gente de miedosa bragadura, que da fasquía; esa gente que pide cencerro bajo el perigallo… Te escribió el amigo, decepcionado, aunque sin respirar por la herida, porque no era herida, era esa tristeza de saber que hay muchas cosas que hacemos mal: «La injusticia, amigo mío, está instalada aquí, y ya gobierna como si fuera el mejor sistema…» Por eso reforzaste lo de las personas, por eso entiendo que no quieras nada con quien no pasa el examen de persona, aunque apruebe, con nota, todos los demás. Me hablaste del más resbaloso de todo, del más pichafloja, del más blandito: «A Heráclito le llamaban El Oscuro, ¿no? Pues al lado de este era albino…» Te recuerdo esta tarde y me acuerdo de aquellos carteles que solicitaban trabajadores, y escribían «Inútil presentarse sin referencia.» Lo digo porque cuando te dije el otro día que íbamos a vernos con el amigo de un amigo que estaba interesado en una huerta tuya, me dijiste: «Supongo que le habrás dicho cuál es la condición que aquí se exige, incluso para un trato…» Sí, se lo dije, y le quedó muy claro, y le añadí que no tratara de pasar mercancía en los fondos, que sería peor. Ganas me dan, amigo, de colocar en tu puerta un letrero rotundo: «Quien no sea persona, que no pase el lumbral.» Y después me lo prestas, que lo voy a colgar en la mía.

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