El ruido y la furia

El corporativismo es un erial que cualquiera con habilidad es capaz de incendiar arrimando el ascua

Javier Rubio
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Lo mejor de apartarse del mundanal ruido y la terrenal furia es que, con la distancia, el uno y la otra llegan amortiguados, como un eco irracional de nuestra propia condición humana. Me gusta -cuestión de preferencias que tampoco pretendo imponer- pensar que, más que un animal que habla, somos un animal que calla. Y que en esa mudez asumida voluntariamente radica precisamente la grandeza evolutiva de nuestra especie: callar para reflexionar, para meditar, para contemplar, para admirar. He ahí el misterio del hombre, visto en esplendor.

Por eso es tan chocante esta propensión, de un tiempo a esta parte, de hacer tanto ruido y mostrar tanta furia por cualquier motivo dándonos todos por aludidos con gran alharaca. Era el paso siguiente lógico a la voladura incontrolada de la noción cristiana del pecado individual: primero se diluyó la culpa personal en el magma viscoso del grupo y, a renglón seguido, la ofensa pasó igualmente de considerarse individual a colectiva. La pancarta con el «Todos somos (inclúyase el nombre de la víctima)» no se nos cae de las manos y todo el mundo encuentra un motivo por el que sentirse herido en su orgullo puesto que no en sus derechos. Poco importa si con razón o sin ella, sino amparado en la fuerza del grupo y en su capacidad para hacer presión, intimidar o coaccionar en beneficio de uno de sus miembros. La persona, ese hallazgo de la filosofía judeocristiana, entrega complacido su derecho a expresarse individualmente para cubrirse bajo el manto del clan en un retroceso de siglos.

El corporativismo -incluido, claro está, el de los periodistas- es un erial que cualquiera con habilidad es capaz de incendiar arrimando el ascua no a su sardina sino a los rastrojos donde se esconden agazapados la consideración social que cada uno concede a lo que hace y el prestigio que otorga a su función dentro de la colectividad. Todos nos sentimos constantemente señalados, acusados, desprestigiados, heridos en nuestro amor propio como integrantes de uno u otro colectivo a los que se traslada por ósmosis la ofensa dirigida a uno de sus integrantes porque todos nos pasamos la vida señalando, acusando, desprestigiando e hiriendo el amor propio del resto. Todos nos ponemos exquisitos cuando señalan nuestra profesión o nuestra identidad o nuestra confesión pero el respeto que exigimos para nosotros mismos difícilmente lo aplicamos a los demás.

Reconocerlo así es el primer paso para mitigar el ruido y la furia con que reaccionamos airados. «Vengo buscando pelea» se ha convertido en la banda sonora de la época, el himno de una generación en permanente estado de irritación furiosa incapaz de disculparse por sus propios errores, penar por sus propias culpas y purgar por sus propios pecados.

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